Es hora de fortalecer nuestra fe

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    Sin ninguna duda, hoy todos somos conscientes de que estamos viviendo momentos duros, de sufrimiento, de desconcierto, de cansancio ante este confinamiento que no termina, a la espera de una curva que llegue al «pico» y vaya descendiendo.

    Todos necesitamos recuperar el ánimo y la confianza en que esto terminará y pronto volverá, aunque cueste, la normalidad a nuestras vidas, una normalidad que permita encontrarnos con nuestros familiares y abrazarles, una normalidad que permita recuperar algo de lo mucho perdido en los trabajos.

    Son muchas las personas que lo han pasado y lo están pasando mal. Su vida se ha cubierto de un gris oscuro, que les dificulta la posibilidad de recuperar la ilusión y la esperanza.
    Tantas personas y familias que han perdido a sus familiares, que han fallecido en la más estricta soledad, sin poderle dar el último abrazo o el último beso y la última demostración del amor que les tenían y les tienen. Estos siguen sufriendo y llorando la pérdida de sus seres queridos en estas circunstancias tan desgarradoras.

    Tantos que han estado luchando y siguen luchando para recobrar la salud y que están sufriendo, tanto ellos personalmente, como sus familias.

    Tantos profesionales sanitarios que están guardando la cuarentena porque han dado positivo y lo están viviendo en soledad en sus casas.

    Tantas personas y familias que han perdido el trabajo y ven su futuro con incertidumbre y temor.

    El obispo, los sacerdotes, los religiosos y religiosas y todos los laicos, es decir, todos los que formamos la Iglesia, lloramos con los que lloran, sufrimos con los sufren y rezamos por todos, unos por otros


    El obispo, los sacerdotes, los religiosos y religiosas y todos los laicos, es decir, todos los que formamos la Iglesia, lloramos con los que lloran, sufrimos con los sufren y rezamos por todos, unos por otros, en medio de la aflicción y el dolor que está produciendo esta pandemia, porque la iglesia debe de estar en medio de su pueblo, siempre, compartiendo los dolores y sufrimientos con los más débiles, animando a los desanimados e infundiendo esperanza y confianza en el Señor desde la fe, y la certeza que la fe nos da, de que Cristo sigue vivo a nuestro lado.

    Es la hora de reavivar nuestra fe y nuestra confianza en el Señor. Solo Él puede ser de verdad nuestro consuelo en estos momentos duros y recios, como decía Santa Teresa de Jesús.

    De esta pandemia tenemos que salir con una fe fuerte, con el convencimiento personal y el compromiso de no olvidarnos nunca de la valía de la fe, para vivir con esperanza y confianza todo cuanto la vida nos depare. Es verdad que nuestra identidad de creyentes no nos libra del sufrimiento, de cuanto acontece negativo en nuestra vida, pero sí podemos decir, porque así lo hemos vivido, que la fe nos ha ayudado, en todo momento, a vivir esto que nos ha tocado vivir, con otro talante.

    De los momentos de dolor, que tantos tiene la vida humana, ni el poder, ni el tener, ni el placer nos libera de ellos; solamente la fe que nos da seguridad de que Cristo está con nosotros y no nos abandona. Nos ayuda a vivir lo que sea que suceda en nuestra vida con esa esperanza y confianza que necesitamos sobre todo en esos momentos duros y difíciles de la misma.

    Tantas veces tantas personas han podido comprender el error en el que vivían, creyendo que todo lo podían con su dinero o con su poder. Por eso tenían en su vida una infravaloración de la fe, como algo inservible. El paso por esta situación que hemos estado viviendo durante esta pandemia, nos hace mucho más conscientes de que, a Dios y nuestra fe en Él, no podemos meterlos en el baúl de los recuerdos, sino que hemos de actualizarla, cultivarla y vivirla más plenamente cada día, porque cuando todo a nuestro alrededor se reviste del gris oscuro y no parece la luz, solo la luz de Dios brilla con especial esplendor en esos momentos en nuestra vida.

    Dios sigue llamando a las puertas de tantos corazones continuamente para que le abran la puerta y pueda darles todo cuanto necesiten para encontrar sentido a tantas cosas que sin Él no se puede encontrar.


    Dios sigue llamando a las puertas de tantos corazones continuamente para que le abran la puerta y pueda darles todo cuanto necesiten para encontrar sentido a tantas cosas que sin Él no se puede encontrar.
    Todos necesitamos a Dios y a los hermanos para lograr hacer un mundo más humano y fraterno, para darnos cuenta de que, cuando nos entregamos a Él en los demás y especialmente en aquellos que son los más pobres, necesitados y desahuciados de la tierra, entonces somos mucho más felices que cuando pensamos solo en nosotros mismos y en todo lo nuestro. Porque la entrega a las necesidades de los demás nos hace sentir mucho mas llenos y satisfechos que cuando nos ocupamos egoístamente solo de nosotros.
    Necesitamos rezarle, contarle nuestras inquietudes y proyectos, nuestras dudas y nuestras certezas, nuestras alegrías y tristezas, nuestra ilusiones y fracasos, porque a Dios le interesa todo lo que vivimos y en todo momento nos va a dar su gracia para que podamos vivirlo con las mismas actitudes que nos enseñó Jesús.

    Necesitamos tener fe en nuestro Dios que es Padre bueno y misericordioso, capaz de compadecerse de los pecados y de las miserias humanas, para que nosotros seamos capaces de ofrecer ese mismo perdón y misericordia a los hermanos que necesitan de nosotros.

    Necesitamos experimentar el amor que Dios nos tiene y el perdón que Él nos otorga si nosotros le abrimos el corazón y le dejamos entrar en nuestra vida para que la trasforme, porque nosotros somos sus hijos, una filiación que Cristo nos ganó, no a precio de oro o plata, como dice San Pedro en su primera carta, sino a precio de la sangre de Cristo, que se entregó en la cruz por nosotros.

    Reavivemos nuestra fe, valoremos de verdad la presencia de Dios en nuestra vida, dejemos que Él nos haga sentir el gran amor que nos tiene y tratemos de corresponder, aunque sea mucho más pobremente, a su infinito amor con nuestro amor a Él y a los hermanos.
    + Gerardo Melgar
    Obispo de Ciudad Real
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