
En febrero del año pasado, la Iglesia española celebró en Madrid el Congreso de la Vocación
¿Para quién soy? Allí nos dimos cita más de tres mil personas pertenecientes a todas las diócesis de la Iglesia que peregrina en España, buscando aunar todas las vocaciones de la vida cristiana.
Más allá de la innegable riqueza que supuso la experiencia, se presentaron tres imágenes que nos ayudaron a reflexionar sobre el sentido de aquel Congreso: a la entrada, la presencia de una pila bautismal nos recordaba nuestro propio bautismo, origen de nuestra vocación; posteriormente, un laberinto como metáfora de la vida y del mundo de hoy; y finalmente, se nos ofrecía un horizonte de santidad, como símbolo de la vocación universal y como meta común a la que todos estamos llamados: ser santos.
La vocación es una llamada a la santidad que la Constitución Dogmática
Lumen Gentium del Concilio Vaticano II destacó con especial fuerza. Grabemos en nuestra mente y en nuestro corazón las palabras del número 11: «Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre».
La vida es un don y, como todo regalo que se nos ha dado por amor, lo recibimos y estamos llamados a entregarlo con amor
Con el fin de seguir la estela marcada por ese Congreso, desde el Servicio de Pastoral de la Vocación de la CEE se nos está animando a mirar el futuro de la pastoral de la vocación desde una nueva óptica, hablando así de una «Pastoral de la llamada».
Precisamente, para profundizar en esta nueva etapa, darle continuidad y mantener vivo aquel Congreso, invitamos al Encuentro Presbiteral del pasado mes de febrero a Mons. Luis Argüello, presidente de la CEE y responsable de la Pastoral de la Vocación, a que nos explicara el camino que se nos abre tras el Congreso, con el fin de que continúe dando frutos.
Mons. Argüello nos recordó en ese encuentro que seguimos avanzando en esta etapa del poscongreso de las Vocaciones, en donde todo el Pueblo de Dios —todos los bautizados— hemos de recordar la importancia de generar una cultura vocacional que favorezca el reto de plantear la vida como vocación, como llamada, ofreciendo y promoviendo todos los caminos vocacionales en nuestra Iglesia. Generar esta cultura implica ponernos a la escucha de la voz de Dios, acompañar procesos personales con paciencia y esperanza, y proponer sin miedo la belleza de cada vocación cristiana.
El Señor nos ha creado y nos ama, y su manera de amarnos es llamarnos hasta que nosotros le respondamos: «Soy para ti, Señor, en los hermanos»
De este modo, cada bautizado llegará a vivir como un «discípulo misionero» en su vida cotidiana, buscando y desarrollando su propia vocación concreta, realizando para ello una labor de discernimiento que le ayude a dar respuesta a esa llamada. Es, además, un trabajo de comunión y sinodalidad, en el que se entrecruzan, en nuestra Iglesia de Ciudad Real, los diversos ministerios, dones, carismas y servicios a los que cada uno está llamado.
Queridos diocesanos, la vida es un don y, como todo regalo que se nos ha dado por amor, lo recibimos y estamos llamados a entregarlo con amor. Por lo tanto, en la vida todo momento es vocacional. Éste es el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza: el Señor nos ha creado y nos ama, y su manera de amarnos es llamarnos, hasta que nosotros le respondamos: «Soy para ti, Señor, en los hermanos».
Os bendice vuestro Obispo,
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