Rico en misericordia

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    Cristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado! Esta expresión es mucho más que un deseo o una felicitación: es toda una confesión de fe en el núcleo del misterio de la salvación. Ese «verdaderamente» es clave, porque nos recuerda que nuestra esperanza no es una ilusión, sino una realidad. Cristo ha vencido a la muerte, y con ello, nos ha abierto las puertas de la salvación, de la vida eterna. 

    El día de Pascua fue un día de prisas, de sobresaltos, de emociones… Uno de los verbos que más se repiten es «correr»: las mujeres corren para llevar la noticia a los discípulos; María Magdalena corre al encuentro de Pedro; Pedro y Juan van juntos al sepulcro, también corriendo; y los discípulos de Emaús regresan apresuradamente tras el encuentro con el Resucitado. Esa prisa, ese ímpetu incontenible por anunciar la noticia más grande de la historia, continúa días después en Galilea, cuando Pedro, incapaz de contenerse, se lanza al agua para llegar antes hasta Jesús. 

    Como recordó el papa Francisco en la Pascua de 2023: «En este tiempo el andar se acelera y se vuelve una carrera, porque la humanidad ve la meta de su camino, el sentido de su destino, Jesucristo, y está llamada a ir de prisa hacia Él, esperanza del mundo». 

    Los discípulos no comprendían del todo lo sucedido el Viernes Santo. Ver a su maestro traspasado y muerto en la cruz era algo que no esperaban y que no lograban entender a pesar de los anuncios de Jesús. Su muerte parecía un fracaso; también su fracaso personal. Habían dejado todo por seguir a alguien que pendía muerto de un madero. Su opción no parecía ser la ganadora, y su vida se tambaleaba. 
     

    Vivir la Pascua es también aprender  a ser misericordiosos: en nuestras  familias, sabiendo perdonar; en nuestras comunidades, acogiendo al que se siente solo; en la sociedad, siendo signos de esperanza para quienes más sufren


    Pero la resurrección de Cristo lo transforma todo. Les devuelve la esperanza y la confianza. Todo lo que Jesús les había anunciado se cumple, y entonces comprenden que han sido salvados. La resurrección no es un sueño ni una forma de hablar: Cristo ha resucitado verdaderamente, y ese hecho cambia el sentido de su vida y de la historia entera. En esto consiste ser discípulos misioneros: en anunciar con alegría la salvación que nos trae Cristo resucitado.

    A la alegría de la resurrección se une otra palabra fundamental: la misericordia. El segundo domingo de Pascua celebramos el Domingo de la Divina Misericordia, instituido para toda la Iglesia por san Juan Pablo II con ocasión de la canonización de santa Faustina Kowalska el 30 de abril de 2000. 

    La Divina Misericordia es el amor con el que Dios sale a nuestro encuentro por medio de la encarnación y del misterio pascual, para atraernos de nuevo hacia Él (cf. Ef 2, 4-7). El papa san Juan Pablo II, en su encíclica Dives in misericordia (Rico en misericordia) señala el Misterio Pascual como la manifestación suprema de ese amor.
    Por eso, vivir la Pascua es también aprender a ser misericordiosos: en nuestras familias, sabiendo perdonar; en nuestras comunidades, acogiendo al que se siente solo; en la sociedad, siendo signos de esperanza para quienes más sufren. La resurrección no es solo un acontecimiento del pasado, sino una vida nueva que comienza hoy en cada uno de nosotros.

    Queridos diocesanos, María es también Madre de misericordia, porque Jesús le confió su Iglesia y a toda la humanidad. Al pie de la cruz, al aceptar a Juan como hijo, se nos entregó como madre de todos. Pidámosle que cuide de nosotros y de nuestra Diócesis de Ciudad Real.  

    Con mi bendición,

    + Abilio

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