
Queridos diocesanos de Ciudad Real:
Un año más se celebra la Jornada Mundial de la Vida Consagrada con motivo de la fiesta de la Presentación del Señor en el Templo. La Iglesia da gracias, en este día, por todos aquellos hombres y mujeres que, escuchando la llamada de Dios, han hecho de su vida una ofrenda total a Él y a los hermanos.
En nuestra diócesis lo celebramos hoy domingo 1 de febrero con una eucaristía presidida por un servidor a las ocho de la tarde en la Santa Iglesia Catedral. A ella asistirán los religiosos y religiosas presentes en la provincia de Ciudad Real para renovar su consagración al Señor y rememorar el encuentro con Jesús, como aquel primer día en que sintieron la llamada del Señor y se decidieron a seguirle, entregándole la vida mediante el compromiso de la profesión religiosa.
Este modo particular de seguir a Cristo, que constituye una auténtica vocación en la Iglesia, nos recuerda a todos que estamos llamados a amar como Cristo nos ama
El lema elegido para esta Jornada, ¿Para quién eres?, está en sintonía con el Congreso de Vocaciones celebrado el pasado año. Esta pregunta nos invita a reflexionar sobre el sentido profundo y la finalidad última de nuestra propia vida, a la luz de la llamada que Dios dirige a todos los bautizados. Todos somos amados y elegidos por Dios para colaborar en la extensión de su Reino; sin embargo, cada uno está llamado a descubrir su propia vocación y misión dentro de la Iglesia.
Desde los comienzos del cristianismo hubo hombres y mujeres que sintieron el deseo de vivir con especial radicalidad el seguimiento de Jesús. Movidos por el Espíritu, se consagraron totalmente a Dios mediante la vivencia de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. Así nació lo que hoy conocemos como vida consagrada, que no solo ha prestado un valioso servicio a la Iglesia a lo largo de la historia, sino que continúa siendo un don precioso y necesario para el presente y el futuro del Pueblo de Dios, pues pertenece íntimamente a su vida, a su santidad y a su misión (cf.
Vita consecrata, 3).
Este modo particular de seguir a Cristo, que constituye una auténtica vocación en la Iglesia, nos recuerda a todos que estamos llamados a amar como Cristo nos ama. La vida no nos ha sido dada para guardarla, sino para ofrecerla generosamente a los hermanos, especialmente a los más débiles. Solo de este modo podemos experimentar la verdadera alegría, fruto del don sincero de uno mismo.
Demos gracias a Dios por el don inmenso de la vida consagrada, por su testimonio de entrega silenciosa
Esta jornada eclesial es una ocasión para agradecer al Señor el gran don de la vida consagrada, que enriquece nuestra comunidad diocesana con la diversidad de sus carismas, y para promover en nuestras comunidades el conocimiento, el aprecio y el cariño por esta vocación de especial consagración. En nuestra diócesis gozamos de un buen número de comunidades de religiosos y religiosas, a quienes valoramos por su entrega en la oración y en diversas tareas apostólicas: la visita a los enfermos, la catequesis, el cuidado de las personas mayores, la atención a los más pobres, y el servicio a los centros educativos, entre otros.
Demos gracias a Dios por el don inmenso de la vida consagrada, por su testimonio de entrega silenciosa y por su servicio generoso a esta Iglesia diocesana. Confiamos a todos los consagrados a la intercesión de Santa María, para que, con su ejemplo de disponibilidad obediente, pobreza confiada y virginidad fecunda, alcance de su Hijo la gracia de que cuantos han recibido el don de seguirle en la vida consagrada sepan testimoniarlo con una existencia transfigurada, caminando siempre con alegría al servicio de la Iglesia.
Os bendice vuestro obispo,
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