«El sacerdote está llamado a unir el altar y la calle»

El 10 de octubre,  Saúl Calvo Sanz, natural de Brazatortas, será ordenado sacerdote. Días antes de su ordenación, responde a esta entrevista en la que mira el camino recorrido y se acerca al comienzo de su ministerio con gratitud, ilusión y también con el respeto de quien sabe que el sacerdocio «no es suyo», sino un don recibido para ponerlo al servicio de los demás

Han pasado unos meses desde tu ordenación de diácono y ya está muy cerca la ordenación sacerdotal. ¿Cómo has vivido este tiempo y qué ha cambiado en ti desde aquel 9 de mayo? 

Han sido unos meses muy intensos, y quizá lo primero que ha cambiado es que he empezado a experimentar la vocación sacerdotal de una manera mucho más concreta. Aquel día lo vivía con una mezcla enorme de alegría, agradecimiento y responsabilidad. Después, el diaconado me ha permitido descubrir que la vocación no consiste solamente en llegar a un momento determinado, sino en aprender cada día a entregar la vida.

He descubierto que ser diácono significa estar disponible, aprender a escuchar, acercarse a las personas y ponerse en medio de la comunidad, no por encima de ella. También he podido comprobar que muchas veces Dios te habla precisamente a través de las personas que encuentras: un joven que busca, una persona mayor que vive su fe con sencillez, alguien que está solo, una familia que atraviesa dificultades... Tengo más conciencia de mi propia fragilidad y, al mismo tiempo, más confianza en Dios. Me acerco al sacerdocio no porque me sienta preparado para todo, sino porque confío en que el Señor que me ha llamado seguirá sosteniéndome.

En mayo nos decías que el sacramento del orden no te hacía «superior a nadie, sino servidor de todos». ¿Qué has aprendido del servicio después de vivir estos meses como diácono? 

He aprendido que servir significa muchas veces estar disponible para cosas muy pequeñas. Escuchar, acompañar, llegar antes, quedarse un rato más, visitar a alguien, preparar una celebración, sentarse con una persona que necesita hablar... El Evangelio habla de grandes palabras como entrega, sacrificio o amor, pero después esas palabras se concretan en gestos muy sencillos. He descubierto que el servicio tiene mucho que ver con aprender a mirar. No puedes servir verdaderamente a alguien si no eres capaz de reconocer su rostro, su historia y su dignidad.

Y esto me parece especialmente importante para un sacerdote. El sacerdote no es dueño de la comunidad, sino servidor de Cristo y de su pueblo. Tiene que estar dispuesto a celebrar la eucaristía con una comunidad pequeña de un pueblo y, con la misma entrega, acercarse a una persona que está sola o acompañar a un joven que no sabe muy bien qué busca en la vida. Cada vez entiendo más el sacerdocio desde aquella frase de Jesús: «Estoy entre vosotros como el que sirve».

Este verano has tenido una experiencia en Almería junto a los jesuitas, acompañando una realidad marcada por la acogida de inmigrantes. ¿Qué has encontrado allí y qué ha supuesto para ti convivir de cerca con esas personas y sus historias? 

La experiencia en Níjar ha sido, probablemente, una de las experiencias pastorales que más me ha marcado. He podido convivir con la comunidad de jesuitas, con quienes viven en la Casa Arrupe, y conocer de cerca el trabajo del Servicio Jesuita a Migrantes, el SJM, acompañando a personas migrantes y acercándome a la realidad de quienes trabajan en los invernaderos.

Allí he encontrado historias muy diferentes, pero detrás de cada historia hay siempre una persona con un nombre, una familia, unos sueños, unas heridas y una enorme capacidad de esperanza. He podido escuchar relatos de personas que han recorrido miles de kilómetros buscando una vida mejor y que muchas veces se encuentran con situaciones de enorme vulnerabilidad.
Pero me quedo también con algo muy sencillo: compartir la mesa, tomar un café, caminar, escuchar. A veces pensamos que para hacer pastoral necesitamos grandes proyectos, y allí he vuelto a descubrir que una de las primeras formas de evangelizar es simplemente hacerse hermano.

Ellos me han me han ayudado también a comprender que la Iglesia tiene que estar allí donde está la vida, incluso en lugares que quizá no aparecen habitualmente en nuestros mapas pastorales, y están olvidados por los gobiernos y la sociedad.

¿Crees que esa experiencia en Almería ha cambiado o enriquecido tu manera de entender el ministerio sacerdotal que comienzas? 

Sin duda. Me ha recordado que el sacerdote está llamado a tener un corazón universal. La Iglesia no puede ser una comunidad cerrada sobre sí misma, porque el evangelio no tiene fronteras.

He entendido que hablar de migración no es hablar solamente de un fenómeno social. Es hablar de personas concretas. Y eso cambia mucho la mirada. Una persona migrante no es «un inmigrante»; antes que nada: es una persona, hija de Dios, con una historia y una dignidad que nadie puede quitarle.

Creo que el ministerio sacerdotal tiene que ser capaz de unir el altar y la calle, celebrar la eucaristía y después salir a encontrarse con las personas que viven situaciones de fragilidad. Porque el Cristo que adoramos en el sagrario es el mismo Cristo que encontramos en el pobre, en el extranjero, en el que sufre y en quien necesita ser escuchado. Me gustaría que esa experiencia forme parte de mi manera de ser sacerdote: un sacerdote con las puertas abiertas y con capacidad para reconocer a Dios también en quienes vienen de lejos.

El 10 de octubre vas a ser ordenado sacerdote en la catedral, precisamente en la solemnidad de santo Tomás de Villanueva, patrono de la diócesis. ¿Qué significado tiene para ti que sea ese día y en ese lugar? 

Ser ordenado en la catedral de mi diócesis me hace sentir que mi sacerdocio no será algo individual, sino una vocación recibida y vivida dentro de una Iglesia concreta: la Iglesia de Ciudad Real. Y que sea en torno a santo Tomás de Villanueva me resulta especialmente significativo, pues es uno de mis santos de cabecera: por su sensibilidad hacia los pobres y por su manera de entender el ministerio como servicio y entrega. Es una figura que recuerda que el sacerdote no puede vivir al margen de las necesidades de su pueblo.

Cuando uno lleva años preparándose para el sacerdocio puede interpretarse que la ordenación es una meta. Ahora que estás tan cerca, ¿la vives más como una llegada o como un comienzo? 

Es un comienzo. Durante muchos años uno puede pensar: «Cuando llegue la ordenación...». Pero ahora que está tan cerca, descubro que la ordenación no responde a la pregunta «¿hasta dónde he llegado?», sino a otra mucho más exigente: «¿para quién voy a entregar la vida?»

No terminará mi formación ni mi discernimiento. Comenzará una nueva etapa en la que tendré que aprender cada día a ser sacerdote. Aprenderé de las comunidades, de las personas, de los niños, de los jóvenes, de los mayores, de los pobres y también de mis propios errores.

Por eso quiero llegar a ese día con mucha gratitud, pero también con las manos abiertas. No quiero recibir el sacerdocio como quien consigue algo, sino como quien recibe un don que después tiene que entregar.

¿Qué es lo que más ilusión te hace cuando piensas en tu vida como sacerdote? ¿Hay algún aspecto concreto del ministerio que esperes especialmente? 

Hay algo que me emociona especialmente: poder celebrar la eucaristía. Pensar que un día podré pronunciar las palabras de Jesús y ofrecer con Él la vida de tantas personas me produce una mezcla de alegría y de vértigo. Poder acompañar a las personas en momentos muy diferentes de su vida: bautizar a un niño, acompañar a un joven que está buscando su camino, escuchar a alguien que atraviesa una crisis, celebrar un matrimonio, acompañar a una familia en el dolor o sentarme simplemente a tomar un café con alguien que necesita hablar.

Tengo una ilusión especial por la pastoral con jóvenes. Creo que necesitan encontrar una Iglesia que no tenga miedo de salir a su encuentro, de escuchar sus preguntas y de proponerles a Jesucristo con toda su belleza y toda su radicalidad, y como no con toda su rebeldía y revolución. 

Y también me ilusiona la Iglesia rural. Los pueblos pequeños tienen una riqueza enorme. Allí la Iglesia forma parte de la historia y de la vida de las personas. Me gustaría poder cuidar esa fe sencilla, esa memoria y ese patrimonio que tantas generaciones han recibido y entregado.

Y junto a esa ilusión, ¿hay también vértigo, respeto ante la responsabilidad que vas a asumir? 

Sí, mucho. Sería extraño que no lo hubiera. Me da respeto saber que voy a recibir una responsabilidad que no puedo reducir a un trabajo. Eso exige mucha humildad.

Me preocupa especialmente no acostumbrarme nunca al misterio. Que la eucaristía no se convierta en una rutina. Que escuchar una confesión no se convierta en algo mecánico. Que un funeral no sea simplemente otra celebración. Que detrás de cada persona pueda seguir viendo un rostro concreto. Tengo miedo de mí mismo: de mis limitaciones, de cansarme, de equivocarme, de no saber responder siempre como debería.

Pero creo que ese respeto también es bueno. Me recuerda que el sacerdocio no es mío. Es de Jesús. Yo solamente soy un instrumento, y necesito vivir cada día desde esa conciencia.

Tu camino hacia el sacerdocio no ha sido completamente lineal: has estudiado fuera, has vivido otras experiencias y después regresaste al Seminario. Mirando ahora hacia atrás, ¿entiendes de otra manera aquellos años y aquellas decisiones? 

Con los años uno aprende que Dios también trabaja en los caminos que aparentemente se alejan del camino que habíamos imaginado. Y ¡gloria a Dios por ello! 

Durante aquellos años fuera del Seminario viví experiencias, estudios, amistades y momentos muy diferentes y hoy puedo mirar hacia atrás y descubrir que también formaban parte de mi historia vocacional.

Creo que Dios no desperdicia nada. Incluso nuestras búsquedas, nuestras preguntas y nuestras decisiones forman parte de ese proceso mediante el cual vamos descubriendo quiénes somos y para qué estamos llamados.

Cuando regresé al Seminario no volvía exactamente siendo la misma persona. Volvía con más preguntas, pero también con una libertad diferente. Y quizá esa es una de las cosas más importantes que he aprendido: que la vocación no consiste en construir nuestro propio proyecto de vida y pedirle a Dios que lo bendiga, sino en aprender a descubrir el proyecto que Él tiene para nosotros y construirlo con Él.

Después de todo ese recorrido, ¿qué te llevas del Seminario para la vida sacerdotal? ¿Qué personas, experiencias o aprendizajes crees que seguirán acompañándote especialmente? 

Me llevo, sobre todo, personas. El Seminario ha sido una casa de formación, pero antes que nada ha sido una comunidad. Si tuviese que ponerle un nombre, sería mi Betania, a ejemplo de Jesús y Lázaro. Yo allí he encontrado mis propios Lázaros. Me llevo formadores, compañeros, sacerdotes y tantas personas que han rezado por mí y que han creído en mi vocación, aun cuando yo no lo hacía.

Me llevo también el valor de la vida comunitaria. El sacerdote puede vivir momentos de mucha soledad, y por eso haber aprendido a compartir, a pedir ayuda, a convivir y a dejarse acompañar es fundamental. Conversaciones sencillas, momentos de felicidad, muchas dificultades y muchos momentos que no aparecen en ningún programa formativo. Y me llevo algo que considero fundamental: haber aprendido que el sacerdote no se forma únicamente estudiando Teología. Se forma dejando que Cristo vaya configurando su corazón.

Dentro de unos días escucharás de nuevo el «sí» de la Iglesia a tu vocación y comenzarás a celebrar la eucaristía y los demás sacramentos como sacerdote. ¿Qué le pides a Dios para los años que vienen? 

Llego con un deseo muy sencillo: ser un sacerdote de Jesucristo y para la Iglesia.

Le pido a Dios que nunca pierda el asombro ante la eucaristía. Que pueda celebrar cada misa como si fuera la única, la primera y la última. Que me conceda un corazón de pastor, capaz de alegrarse con las alegrías de su pueblo y de sufrir con quienes sufren.
Le pido que me dé especial sensibilidad hacia los pobres, los migrantes, los que están solos y los que sienten que la Iglesia ya no tiene un lugar para ellos. Que me dé pasión para anunciar el evangelio a los jóvenes y paciencia para acompañar sus procesos.

Le pido también que me enseñe a amar la Iglesia concreta que me ha sido confiada: sus pueblos, sus parroquias, sus tradiciones, su patrimonio y su historia.

Y, sobre todo, le pido que mantenga encendido el fuego que un día puso en mi corazón. Que nunca deje de arder. Porque sé que el día en que ese fuego se apague, tendré que volver a ponerme de rodillas delante del Señor y recordar que todo comenzó allí.

Si pudieras hablar con aquel Saúl, en la parroquia de Brazatortas, que comenzó a plantearse la vocación sacerdotal, ¿qué le dirías hoy, a pocos días de ser ordenado?

¡Si quieres hacer reir a Dios, cuéntale tus planes!

Aquel chico de Brazatortas seguramente no podía imaginar que años después estaría preparando su ordenación sacerdotal. Pero Dios sí lo sabía. Yo descubrí quien era Jesús un martes de enero, en el penúltimo banco de la izquierda de mi pequeña parroquia, junto a unas 20 personas, en una misa de diario. Por eso le diría lo que una de las mujeres mayores que ya goza de Dios, me dijo a mí, cuando al terminar la eucaristía me quede sentado y llorando: le diría que no tenga miedo.

Que probablemente no va a entender todo lo que Dios va a hacer con su vida, y que está bien que sea así. Que habrá momentos en los que pensará que tiene claro el camino y otros en los que tendrá que volver a preguntarse dónde está Dios. Que no tenga miedo de buscar, de equivocarse, de preguntar y de volver a empezar.

Le diría que no pierda nunca la capacidad de sorprenderse ante Dios. Que cuide la oración. Que cuide a sus amigos. Que ame profundamente a la Iglesia, incluso cuando no la comprenda del todo. Que nunca deje de mirar a los pobres y a quienes sufren. Y que no tenga miedo de acercarse a los jóvenes, porque en ellos también está Dios hablando a la Iglesia.

Y le diría algo que hoy entiendo mucho mejor que entonces: no estás llamado a ser alguien importante; estás llamado a entregar la vida. Por eso le diría simplemente: sigue caminando. Confía. Déjate acompañar. Y cuando llegue el momento, vuelve a mirar al Señor y dile otra vez que sí.

Porque al final de todo, la vocación no consiste en llegar a ser lo que uno había soñado. Consiste en descubrir que Dios tenía preparado algo mucho más grande: una vida para entregar.