La diócesis de Ciudad Real participó en los actos de la visita apostólica del papa León XIV a España, especialmente en la vigilia de oración con jóvenes celebrada el sábado 6 de junio en la Plaza de Lima, en Madrid. Más de 1.500 personas de la diócesis —1200 en el viaje organizado por la diócesis—, se unieron a una jornada histórica marcada por la alegría, la comunión eclesial, la oración y el encuentro con el Papa.
El obispo de Ciudad Real, don Abilio Martínez Varea, participó en los actos celebrados en Madrid y continúa estos días en Barcelona, dentro del programa de la visita apostólica del Papa a España. Junto a él peregrinó también el obispo emérito, don Gerardo Melgar.
La Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil coordinó buena parte de la peregrinación, que salió en 18 autobuses desde distintos puntos de la diócesis a primera hora de la mañana. El primer destino fue el Cerro de los Ángeles, donde los jóvenes de Castilla-La Mancha vivieron un encuentro regional de preparación antes de desplazarse hacia Madrid. Allí compartieron testimonios, dinámicas, música, momentos de oración y la posibilidad de confesarse.
Marcos Sevilla, delegado diocesano de Pastoral de Juventud destaca la importancia de este primer momento, que situó espiritualmente toda la jornada. Explica que el encuentro del Cerro de los Ángeles fue «de los momentos más importantes del día porque permitió vivir la fe en comunión, sintiéndonos Iglesia de Cristo y comunidad diocesana». Para el delegado, reunirse en el centro geográfico de la península, junto al monumento al Sagrado Corazón de Jesús, ayudó a «preparar el corazón» para el encuentro posterior con el Papa en Madrid.
«La gente joven estaba a tope, deseando ver al Papa»
La mañana en el Cerro culminó con la celebración de la misa, presidida por el arzobispo de Toledo, don Francisco Cerro, y concelebrada por los obispos de Castilla-La Mancha, entre ellos el obispo de Ciudad Real, don Abilio Martínez Varea, y el obispo emérito, don Gerardo Melgar Viciosa. Tras la misa, los peregrinos volvieron a los autobuses y se dirigieron hasta el Ensanche de Vallecas, desde donde continuaron el trayecto en metro y a pie hasta la zona de la Castellana y Plaza de Lima.
Según explican los participantes, el calor, las largas esperas, los controles de acceso y los desplazamientos en metro formaron también parte de la experiencia, pero los peregrinos coinciden en que esas incomodidades se convirtieron en ocasión para vivir la paciencia, la ayuda mutua y el sentido comunitario. Marcos Sevilla lo resume con una expresión sencilla: «Las penurias unen». En medio de la espera, añade, «cada uno sacamos lo mejor de nosotros mismos, nos ayudamos unos a otros, nos sostenemos».
También Javier, que peregrinó con un grupo de Villarrubia de los Ojos, recuerda que los jóvenes vivieron «el agobio, el calor, la incertidumbre», pero también los cantos, la alegría y la emoción de sentirse parte de una Iglesia joven y viva. En su grupo participaron jóvenes recién confirmados, de quince años, junto a otros de veinte años, catequistas y adultos de la parroquia. Algunos de los adolescentes era la primera vez que asistían a un encuentro diocesano o a una visita del Papa.
Uno de los frutos más repetidos en los testimonios fue precisamente el descubrimiento de no estar solos en la fe. Javier subraya que los más jóvenes «vieron que no estaban solos, que hay mucha gente de sus edades que comparte su misma fe». Esa experiencia se hizo visible ya en los traslados, especialmente en el metro, donde los grupos cantaban, aclamaban al Papa y expresaban su alegría. «Los chicos también lo recuerdan con mucha sorpresa», dice Javier, al comprobar que podían dar testimonio de su fe en medio de la ciudad, entre personas que aplaudían, miraban con curiosidad o animaban a los peregrinos.
La llegada a la Castellana estuvo marcada por el ambiente festivo previo a la vigilia. Los peregrinos fueron ocupando los sectores asignados, en muchos casos junto a jóvenes de otras diócesis, comunidades y movimientos. Para Alejandro, seminarista de la diócesis, una de las primeras impresiones fue la alegría de los jóvenes: «La gente joven estaba a tope, deseando ver al Papa». A pesar del calor, recuerda, «daba igual que hiciera calor porque la gente estaba a tope cantando, tan contentos».
«Sin ninguna duda, el mejor momento fue en el que vimos aparecer al Papa León entre cantos y muestras de cariño en la Plaza de Lima»
Jorge, también seminarista, describe el camino hacia la vigilia como un gran signo de comunión eclesial. Durante el trayecto hacia el Paseo de la Castellana, los seminaristas fueron encontrándose con gente de la diócesis, jóvenes de otros lugares de España y miembros de distintas congregaciones que se acercaban a Madrid.
El programa previo incluyó conciertos y el rezo del rosario, con testimonios vocacionales entre misterio y misterio. Jorge destaca este detalle como una invitación a los jóvenes a preguntarse por la llamada de Dios y a responder con generosidad. Después, la llegada del Papa desató la emoción de los asistentes. «Sin ninguna duda, el mejor momento fue en el que vimos aparecer al Papa León entre cantos y muestras de cariño en la Plaza de Lima».
La emoción se repitió en muchos grupos de Ciudad Real. Algunos peregrinos pudieron ver pasar al Papa muy de cerca, junto a las vallas, y muchos jóvenes vivieron ese instante como algo histórico. Javier recuerda que las chicas más pequeñas de su grupo, de 15 años, decían que se ponían nerviosas al ver llegar al Papa, conscientes de que estaban participando en un acontecimiento que recordarían siempre.
Para los seminaristas, la vigilia tuvo también una fuerte dimensión vocacional. Jorge señala que el Papa animó a los jóvenes a no tener miedo a acoger la llamada del Señor, ya sea al matrimonio, a la vida consagrada o al sacerdocio. Pedro, seminarista, coincide con esta lectura y señala que uno de los mensajes que más le marcaron fue la invitación a plantearse la propia vocación. Para él, la experiencia permitió contemplar a la Iglesia española reunida «con alegría aun en medio del calor y la espera, aguardando la llegada del nuevo Pedro, el papa León».
La segunda sensación que Pedro destaca es el silencio. «Para la oración, para poder escuchar a Dios, hay que saber hacer silencio en este mundo con tanto ruido», explica. «En una sociedad marcada por las prisas, las pantallas y los auriculares, la vigilia permitió a miles de jóvenes detenerse, rezar y escuchar», dice.
«La vigilia fue una experiencia inolvidable: disfrutar de los conciertos, rezar junto a más jóvenes y ver al Papa me llenó de alegría y emoción»
Ese silencio ante el Santísimo fue, de hecho, uno de los momentos más mencionados por los participantes. Tras la alegría de los cantos y la emoción de la llegada del Papa, la adoración eucarística transformó el ambiente de la Castellana en un espacio de recogimiento, en una Iglesia contemplativa. Javier lo expresa con una imagen intensa: «Como si en ese momento de silencio hubiéramos estado muy cerca de lo que es el cielo», dice.
Entre los jóvenes que peregrinaron con el grupo de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de Alcázar de San Juan, esta misma experiencia se repite con distintas palabras. Natalia, de 17 años, lo resume así: «En un mundo lleno de ruido, el silencio ante el Santísimo fue un momento tan lleno de presencia que no hizo falta entender nada para sentir que Dios estaba allí, en medio de todos nosotros». Julia, también de 17 años, afirma que la vigilia fue «un momento de paz y de reflexión» que la hizo sentirse «más cerca de Dios y valorar más todo lo que tengo».
La oración compartida ayudó a muchos peregrinos a tomar conciencia de la universalidad de la Iglesia. Leyre, de 27 años, se refiere a esto como «un regalo de Dios difícil de olvidar» y recuerda cómo, junto al Papa y rodeados de una multitud, sintieron que «una misma fe unía nuestros corazones en una sola oración». Para ella, cuando los creyentes caminan juntos hacia Dios, «la fe compartida multiplica la esperanza, fortalece el corazón y nos hace experimentar el amor de Dios de una forma profunda y verdadera».
También para otros jóvenes la vigilia fue una experiencia de encuentro con Dios y con la comunidad cristiana. Kayleen, de 17 años, se define como «afortunada de haber formado parte de algo tan grande que solo puede entenderse con el corazón» y añade que, por un instante, «el cielo pareció más cerca y el corazón más lleno». Miriam, de 20 años, calificaba la experiencia como «preciosa e inolvidable, de esas que se quedan marcadas para siempre». Rodrigo, de 17, dice que pudo vivir «un día de fe en comunidad», mientras Paula, también de 17, destacaba que la jornada le permitió «reflexionar, acercarme más a Dios y compartir un momento especial con los demás».
La diversidad de edades fue otro de los rasgos de la peregrinación. Aunque la vigilia estaba especialmente dirigida a los jóvenes, participaron también adultos, catequistas y familias. Ángel, de 64 años, define lo vivido como una «lección de convivencia y esperanza» recibida de parte de los jóvenes. Carolina, de 46 años, resume la experiencia con una palabra: «agradecimiento». «Compartir con tantísimas personas tu fe llena el corazón», afirma. Para ella, los peregrinos regresaron a casa «con la emoción a flor de piel» y con la certeza de que «Dios tiene una capacidad increíble de asombrarnos y volver a tocar el corazón a través de las personas y de los momentos que compartimos».
Esta experiencia da fuerzas «para predicar la verdad sin miedo, vivir más como Cristo y tenerlo más presente en nuestras vidas»
El testimonio de Edurne, de 17 años, recoge bien la mezcla de fiesta, oración y emoción que se vivió durante la tarde y la noche: «La vigilia fue una experiencia inolvidable: disfrutar de los conciertos, rezar junto a más jóvenes y ver al Papa me llenó de alegría y emoción». Además, explica que aquella jornada la ayudó a acercarse más a Dios y a darse cuenta de que «hay muchos jóvenes que viven la fe con la misma ilusión». Claudia, de 16 años, lo resume en dos palabras: «emoción y paz». Víctor, de 21 años, destaca que la vigilia mostró «la vitalidad del pueblo cristiano en España», especialmente en la juventud, y culminó en «un momento de adoración que reafirma nuestra fe compartida».
La figura del Papa fue vivida por los peregrinos como un signo de unidad y de confirmación en la fe. Pablo José, joven de Tomelloso, afirma que la visita del Papa a España es importante «para todos los españoles, tanto católicos como no católicos». A los creyentes, explica, «nos fortalece nuestra fe el ver al Vicario de Cristo, al sucesor de San Pedro, tan de cerca». Además, añade que esta experiencia da fuerzas «para predicar la verdad sin miedo, vivir más como Cristo y tenerlo más presente en nuestras vidas».
El mensaje del Papa fue recibido especialmente por los jóvenes como una llamada a centrar la vida en Cristo. Alejandro, seminarista, valora la claridad y profundidad de las palabras de León XIV. «Yo lo resumiría en la centralidad de Cristo», explica. Para él, el Papa mostró que «la fe tiene que ser cristocéntrica y crecer en la amistad con Cristo», cuidando la oración y la relación personal con el Señor. Desde ahí, señala, nacen el amor a los cercanos, la preocupación por los lejanos, la evangelización, la vocación y la caridad.
Jorge, también seminarista, destaca la referencia del Papa a algunos santos que han sido importantes en su camino vocacional, entre ellos santo Tomás de Villanueva, patrono de la diócesis de Ciudad Real. Además, recuerda que León XIV animó a los jóvenes a ser «chispa de una humanidad nueva» y a cambiar la historia buscando la verdad mediante el amor y el testimonio cristiano.
Esa llamada al amor y al testimonio fue también una de las ideas que más calaron en Pedro, que explica que los cristianos pueden cambiar el mundo «con el testimonio, a través de todos nuestros actos». No se trata de una transformación abstracta, sino de vivir el mandamiento del amor en la vida concreta, amando al prójimo como a uno mismo.
La peregrinación dejó también momentos sencillos de convivencia y alegría: carreras por el metro, cantos en las estaciones, agua compartida para aliviar el calor, esperas largas, cansancio acumulado y regreso de madrugada. Pero precisamente en esos detalles muchos peregrinos descubrieron que la fe se vive también caminando juntos, ayudándose y sosteniéndose. Marcos Sevilla enfatiza que jóvenes y adultos regresaron «muy agradecidos» por el encuentro con el Papa y con la misericordia de Dios, así como por la experiencia de «sentirse Iglesia» y compartir la fe con personas de distintos lugares.
La misa en Cibeles
La jornada madrileña fue solo una parte de la participación diocesana en la visita apostólica de León XIV a España. Al día siguiente, domingo 7 de junio, el Papa presidió la misa del Corpus Christi en la Plaza de Cibeles, seguida de la procesión eucarística. Don Abilio Martínez Varea participó por la mañana en la celebración de Madrid y regresó después a Ciudad Real para presidir por la tarde la misa y procesión del Corpus Christi en la capital. Posteriormente, continuó la agenda del viaje en Madrid y Barcelona, donde también está presente en los actos previstos con el Santo Padre.
También en la celebración del Corpus Christi en Cibeles participaron fieles de la diócesis. Jorge, laico, recuerda que desde primera hora de la mañana, al llegar a la zona de Atocha y avanzar hacia el Paseo del Prado, «ya se presentía que algo pasaba». Las calles, explica, se fueron convirtiendo en «mareas de gente» y en «ríos de gente» que caminaban hacia los accesos de la celebración.
Entre las primeras impresiones de la mañana, Jorge destaca la labor de los voluntarios, de la policía y de quienes ayudaban a ordenar el acceso y atender a los peregrinos. «La fuerza del voluntariado y la búsqueda del bien común se respiraba desde el primer momento», afirma. Según explica, los voluntarios atendían a personas mayores, ofrecían agua, orientaban a los asistentes y avisaban a la policía o a los servicios médicos cuando era necesario. «Nada era una mala cara», recuerda, subrayando que el ambiente tenía un carácter distinto al de otros encuentros multitudinarios.
«Todo lo que envuelve al Papa rezuma solemnidad, seguridad y, sobre todo, recogimiento»
Desde su ubicación, cerca del Banco de España, pudo vivir de cerca no solo la eucaristía, sino también la procesión. Jorge recuerda con especial intensidad el paso del cortejo, de los obispos y del Papa llevando al Señor bajo palio por las calles de Madrid. «Todo lo que envuelve al Papa rezuma solemnidad, seguridad y, sobre todo, recogimiento», señala. También le impresionó la actitud de León XIV: «Una de las cosas que más me impresiona del Papa es que tiene una fuerza en la mirada impresionante».
Para Jorge, uno de los rasgos más llamativos de la celebración fue el orden, el silencio y el recogimiento con el que se vivió la misa. Destaca especialmente el momento de la comunión, con la participación de numerosos ministros extraordinarios que hicieron posible que una multitud pudiera acercarse a recibir al Señor. También le llamó la atención la forma de darse la paz y de vivir los gestos habituales de la eucaristía con una intensidad nueva. «En todas las misas conmemoramos lo mismo, pero quizá muchas veces lo hacemos de manera mecánica», reflexiona.
Por eso, resume su experiencia con una frase que ayuda a comprender lo vivido en Cibeles: «El Papa hace extraordinario lo ordinario». Para este laico de la diócesis, miembro de hermandades, la celebración permitió mirar de otra manera aquello que la Iglesia vive cada domingo, redescubriendo la gratuidad, la solemnidad y la fuerza de la eucaristía compartida en comunidad.
Para la diócesis de Ciudad Real, la visita del papa León XIV a España ha sido una experiencia de comunión, esperanza y renovación de la fe. Los jóvenes regresaron cansados, pero con la conciencia de haber vivido un día histórico que siempre recordarán. Muchos de ellos, especialmente los más jóvenes y recién confirmados, irán descubriendo con el paso del tiempo la hondura de lo vivido. Como señalaba Javier, aunque algunos terminaron agotados, «el paso de los años les dejará ese buen sabor de boca de este día histórico que vivieron».
Entre el calor, los cantos, el silencio y la oración, la diócesis peregrinó a Madrid para encontrarse con el sucesor de Pedro. Y volvió con una certeza compartida por muchos de los testimonios: que la fe, cuando se vive en comunidad, fortalece el corazón, multiplica y comparte la esperanza y ayuda a mirar la vida con más hondura.