«El Señor es fiel y no abandona la obra que comienza»

La Iglesia de Ciudad Real se prepara para vivir un nuevo momento de gracia con la ordenación como diácono de Saúl Calvo Sanz, que tendrá lugar el próximo 9 de mayo, a las 11 horas, en el templo parroquial de Almodóvar del Campo. Será una celebración importante para nuestra Iglesia, coincidiendo con la apertura del Jubileo diocesano por los 500 años de la primera misa de san Juan de Ávila. Además, será el primer diácono que ordene don Abilio Martínez Varea desde su llegada a la diócesis. 

En esta entrevista, el seminarista habla del diaconado como una configuración con Cristo siervo; recorre con gratitud el camino de su vocación y expresa el deseo de vivir entregado a Dios y a los demás. Su testimonio se suma a la continuidad vocacional que sigue alentando la esperanza de la Iglesia diocesana, llamada a acoger, acompañar y dar gracias por quienes responden hoy a la llamada del Señor.


¿Cómo estás viviendo interiormente estas semanas previas a la ordenación como diácono? 

Aunque parezca mentira, las estoy viviendo muy tranquilo, con una mezcla muy honda de gratitud, paz y cierta «santa inquietud». Como hiciese san Ignacio de Loyola, intento releer cada día lo que el Señor ha ido haciendo en mi vida, haciendo memoria agradecida. No es tanto lo que yo hago, sino lo que Él ha ido conduciendo en mí, siendo consciente de una certeza serena: el Señor es fiel y no abandona la obra que comienza.

¿Qué significa para ti este paso dentro de tu camino hacia el sacerdocio? 

Es un umbral decisivo. El diaconado no es solo una etapa hacia el sacerdocio, sino una configuración real con Cristo siervo y pobre. Es entrar más profundamente en el modo de amar y de entregarse de Jesús. Supone aprender a vivir no para uno mismo, sino para Dios y para los demás, dejando que mi propia vida vaya tomando forma de don y oblación para el mundo y para Dios.

¿Cuándo empezaste a descubrir que el Señor te llamaba? 

Ha sido un proceso. Si miro atrás, veo que Dios ha ido sembrando poco a poco. He tenido una niñez, adolescencia y juventud que no cambiaría: he nacido y crecido en Brazatortas, en la comunidad parroquial de San Idelfonso, un lugar privilegiado en el corazón del Valle de Alcudia, donde el laicado tiene un papel fundamental. Además, es muy importante la Delegación de Pastoral Juvenil, con todo esto comencé a percibir con más claridad una inquietud distinta, una pregunta que volvía: «¿Y si el Señor me está llamando?» Poco a poco esa intuición se fue convirtiendo en una llamada más clara, que pedía una respuesta.

¿Qué has aprendido en los años de seminario? 

He aprendido muchas cosas, pero sobre todo a dejarme formar. El Seminario es una verdadera escuela del corazón. Es el corazón de la diócesis, la casa de todos. He aprendido a orar con más verdad, a confrontar mi vida con el evangelio, a vivir en comunidad, cosa no siempre fácil, y a querer a la Iglesia concreta. También he descubierto la riqueza de su tradición, incluida la belleza del arte sacro, que eleva el alma y evangeliza de un modo silencioso pero muy profundo. Todo esto ha ido configurando poco a poco mi mirada.

¿Qué significa para ti ser ordenado diácono? 

Entrar sacramentalmente en el misterio del servicio de Cristo. No es solo «hacer cosas», sino ser signo de Cristo que sirve hoy, que lava los pies hoy, que sufre con el que sufre hoy, que se entrega hoy. Es recibir una gracia que me configura con Él y que me capacita para vivir de otra manera: con un corazón más disponible, más abierto, más entregado a todos. 

El diaconado está unido al servicio. ¿Cómo entiendes hoy esa llamada?
 
Como una forma concreta y cotidiana de amar. No se trata de cosas extraordinarias, sino de vivir disponible, capaz de escuchar y acompañar. Implica también salir de uno mismo, renunciar a buscarse y aprender a darse. Lo veo muy unido a la cercanía con las personas, especialmente con quienes más lo necesitan, y también al cuidado de la Palabra y de la liturgia como lugares donde Dios se entrega.

¿Qué supone para ti ser ordenado en Almodóvar del Campo, en la apertura del jubileo de san Juan de Ávila? 

No es un lugar cualquiera, sino un espacio marcado por la santidad y por una fuerte tradición eclesial. Ser ordenado en ese contexto me hace sentir pequeño, pero profundamente sostenido por la historia de la Iglesia, dentro de una corriente viva que me precede y me acompaña, recordándome que la vocación nunca es algo aislado.

¿Cómo ilumina la figura de san Juan de Ávila este momento de tu vida?
 
Su amor apasionado por Cristo, su celo apostólico y su dedicación a la formación del clero son un gran referente. Me interpela especialmente su vida interior: entendió que sin una profunda unión con el Señor no hay fecundidad apostólica. Me invita a vivir con autenticidad, a no quedarme en lo superficial y a buscar siempre que mi vida esté verdaderamente centrada en Cristo.

¿Qué crees necesita escuchar hoy un joven que siente la llamada, pero no se decide o tiene miedo?

¡Qué Dios es grande! Que no tenga miedo de abrirse a la posibilidad de que Dios le llame. El miedo es normal, pero no puede ser lo que decida nuestra vida. Dios no quita, sino que da plenitud. Necesita saber que no está solo, que la Iglesia acompaña y que el discernimiento es un camino que se recorre poco a poco y acompañado por un director espiritual, que lo busque. A veces basta con dar un pequeño paso, con atreverse a preguntar seriamente al Señor qué quiere. 

¿Qué oración te gustaría que hicieran por ti la Iglesia en estos días?

Me gustaría que rezaran por mi fidelidad. Que no me busque a mí mismo, que no me acomode y que no pierda nunca el primer amor. ¡Qué sea fuego de Dios! Que sea reflejo de Cristo, que pueda vivir con un corazón humilde, disponible y agradecido. Y que, en medio de todo, nunca olvide que lo que voy a recibir es un don inmerecido, una gracia que me precede y me sostiene siempre.