Descarga el Viacrucis vocacional

Aquí puedes descargar la oración del viacrucis que se ha preparado este año en el Seminario con reflexiones vocacionales. 



Este es el viacrucis que se rezó el pasado 6 de marzo en el Seminario. Las reflexiones del viacrucis son del rector del Seminario, Juan Serna Cruz. 


Seminario Diocesano de Ciudad Real
Vía crucis vocacional 2026
 
Nos hemos reunido esta noche de viernes de Cuaresma en el Seminario para rezar el viacrucis, en este tiempo de preparación para la comunión con Cristo en la hora de su Pasión y en el misterio de su Pascua. Contemplar los misterios del viacrucis será una oportunidad de compartir sus sentimientos de amor por la humanidad, que le llevan a dar la vida hasta el final.

En este recorrido seguiremos una serie de intenciones vocacionales. Pediremos por las vocaciones sacerdotales, por nuestros seminaristas, y también por los sacerdotes. Para que la fuerza de la cruz nos dé numerosas vocaciones, fortalezca a los seminaristas y conceda ánimo generoso a los sacerdotes para seguir configurando su vida con el misterio de la cruz del Señor.

Nos acordaremos también de María, que al pie de la cruz acogió el testimonio de amor de su Hijo y nos fue entregada como Madre. Que ella conceda al Seminario de Ciudad Real numerosas vocaciones, seminaristas que se formen con alegría y libertad, y que todos aprendamos a llevar en el corazón los sentimientos de Cristo, que se rebajó hasta la muerte de cruz, y por eso fue elevado sobre todo.
 
Meditaciones escritas por Juan Serna, rector del Seminario.
 
 
Primera estación
Jesús es condenado a muerte

 
V/ Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 
De la primera carta de san Pablo a los corintios (1Cor 2,7-8)

Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria. Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido, pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria.

Palabra de Dios.
 
Cuando Pilato entrega a Jesús a la guardia para que sea crucificado, lo hace desentendiéndose del destino de Cristo, con un gesto de desaire, como es lavarse las manos. San Pablo interpreta la condena de Jesús como un gran desconocimiento: si hubieran conocido la verdad de Jesús, no lo hubieran condenado. El mismo Jesús, a punto de ser crucificado, pedirá a su Padre el perdón para sus verdugos, «porque no saben lo que hacen».

También hoy muchos cristianos ignoran que su vida es un don de Dios y una llamada a configurarse con Cristo. La principal causa de la crisis de vocaciones es que los cristianos desconocemos que Jesús espera nuestra respuesta: creer es responder a su llamada. Con frecuencia, los cristianos ignoramos las exigencias elementales de nuestra fe. A veces, limitamos nuestro ser cristiano a un conocimiento de oídas, pero desconocemos lo más importante: responder a Jesús, modelar nuestra vida en Él.
 
Oremos. Por los misterios de tu pasión te pedimos, Señor, que nuestra vocación no sea un elemento extraño y desconocido de nuestra fe, sino que con valentía nos propongamos vivir lo que nos pides con toda confianza. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
 
Padrenuestro…
 
V/ Señor, pequé.
R/ Ten piedad y misericordia de mí.

 
Segunda estación
Jesús carga con la cruz

 
V/ Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 
Del evangelio según san Mateo (27,21-23.26)

El gobernador preguntó: «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?». Ellos dijeron: «A Barrabás». Pilato les preguntó: «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?». Contestaron todos: «Sea crucificado». Pilato insistió: «Pues, ¿qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban más fuerte: «¡Sea crucificado!». Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

Palabra del Señor
 
La condena de Jesús es injusta, y él carga con la cruz que estaba preparada para Barrabás, y también para aquellos que, dejándose engañar por el pecado, eran arrastrados a la tragedia. La cruz que Jesús carga sobre sí es la propia de la humanidad herida, una cruz que lastra el peso de los egoísmos, las incomprensiones, la falta de dignidad…

También hoy muchos cristianos se ven llamados a cargar con una cruz que les sumerge en el dolor de la pasión. Se trata de la cruz de no poder vivir plenamente la fe porque no tienen sacerdotes para celebrar todos los sacramentos y recibir de manera cercana la presencia de Jesús. La falta de sacerdotes hace a muchos cristianos cargar con la cruz del silencio, del deseo de Jesús que no puede satisfacerse, de la falta del alimento eucarístico que dé fuerza a sus pasos.
 
Oremos. Señor, te pedimos por todos los cristianos que no tienen cerca un sacerdote ni pueden celebrar los sacramentos con frecuencia. Que su sufrimiento sea fuente de renovación de la vida cristiana que suscite nuevas vocaciones sacerdotales. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
 
Padrenuestro…
 
V/ Señor, pequé.
R/ Ten piedad y misericordia de mí.

 
Tercera estación
Jesús cae por primera vez

 
V/ Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 
Del profeta Isaías (40,30-31)

Se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren y no se fatigan, caminan y no se cansan.

Palabra de Dios.
 
Jesús cae abrumado por el peso de la cruz. Pero no lo hace por cansancio o falta de fuerzas, sino por solidaridad con los que caen. La caída de Jesús es más síntoma de amor que de debilidad. Jesús cae para encontrar a los que han caído, para renovar las fuerzas de los que pensaban que, ellos solos, podrían con el peso de la cruz. Solo los que esperan en el Señor caminan y no se cansan.

El misterio de la caída de Jesús ilumina a quienes, en su camino vocacional, sienten dudas y vacilan, o incluso se tambalean y caen. En esos momentos difíciles pueden encontrar a Jesús que se abaja hasta su oscuridad y debilidad. Solo con Cristo que se abaja hasta nosotros podemos avanzar en el camino de nuestra vocación.
 
Oremos. Pedimos, Señor, por aquellos que sienten oscuridades y miedos en su proceso vocacional; que sus caídas sean una oportunidad para que tú te manifiestes a ellos, y te encuentren en su debilidad, y se fortalezcan con tu presencia. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
 
Padrenuestro…
 
V/ Señor, pequé.
R/ Ten piedad y misericordia de mí.


Cuarta estación
Jesús se encuentra con su Madre

 

V/ Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 
Del evangelio según san Mateo (12,48-50)

«¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».

Palabra del Señor.
 
Cuando Jesús reconoce como familiares suyos a quienes cumplen la voluntad de su Padre, en verdad está reconociendo que María, su Madre, fue la primera en vivir con entusiasmo la voluntad de Dios. Ella fue la primera que dijo a Dios con total libertad: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». Y ahora, cuando Jesús va camino de la cruz, María sigue diciendo a Dios Padre que se cumpla su palabra, y ayuda a su Hijo a cumplir la voluntad del Padre de salvar a toda la humanidad.

Los seminaristas encuentran a María como madre en su camino vocacional, y ella les enseña a decir «sí» al Señor. María es la Madre de los seminaristas, que los acompaña como hizo con su Hijo. María es testigo de que se puede cumplir con alegría la voluntad de Dios y acoger valientemente su palabra.
 
Oremos. Señor, que nos dejaste a María como maestra de libertad generosa para responder a la voluntad del Padre. Que los seminaristas acudan a ella para decirte que sí, y que a su lado sientan su protección maternal. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
 
Dios te salve, María…
 
V/ Señor, pequé.
R/ Ten piedad y misericordia de mí.


Quinta estación
El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz

 
V/ Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 
Del evangelio según san Lucas (23,26)

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús.

Palabra del Señor.
 
En su camino hacia el Calvario, Jesús ha querido ser auxiliado a llevar la cruz. Él tiene fuerza suficiente para afrontar la carga, pero quiso llamar junto a Él a Simón de Cirene. Lo que parecía un castigo, cargar con la cruz de un condenado, se convierte en un don: compartir el amor de Jesús y ayudarle a dar la vida por los demás. El esfuerzo se convierte en fuente de comunión y agradecimiento.

En el camino vocacional, muchas personas son llamadas a compartir la carga de los que han sido llamados. Hay personas que con su compañía, su oración o su testimonio ayudan a los que han recibido una llamada para que puedan dar su sí. Llevan con ellos la respuesta vocacional y les ayudan a pronunciarla más libremente.
 
Oremos. Te pedimos, Señor, por aquellos que están encargados de la vocación de los demás; para que en todo momento sean instrumento tuyo y muestren la belleza de responder a tu llamada. Para que todos colaboremos con nuestra actitud en la vocación de los demás y les ayudemos. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
 
Padrenuestro…
 
V/ Señor, pequé.
R/ Ten piedad y misericordia de mí.

 
Sexta estación
La Verónica limpia el rostro de Jesús

 
V/ Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 
De la segunda carta de san Pablo a los corintios (2Cor 4,6-7)

Pues el Dios que dijo: «Brille la luz del seno de las tinieblas» ha brillado en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo. Pero llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros.

Palabra de Dios.
 
Camino al Calvario, una mujer se abre paso entre la multitud para tener con Jesús un último gesto de compasión y dignidad. Con fervor, limpia el rostro del Maestro y, al contemplar su rostro, su mirada queda para siempre grabada en su corazón, y su faz queda impresa en el lienzo. Un gesto sencillo, pero capaz de desprender una fuerza impresionante.

El gesto de la Verónica ha inspirado a muchos cristianos de todos los tiempos a tener una actitud valiente de servicio a los demás, en particular con los que sufren. En el camino cotidiano al Calvario no pueden faltar los gestos arriesgados de consuelo y cercanía al necesitado. Necesitamos vocaciones capaces de mirar a los ojos a los enfermos, vocaciones que den fortaleza a los agotados.

Oremos. Te pedimos, Señor, que por el misterio del consuelo humano que encontraste camino del Calvario, sigas despertando vocaciones de servicio a los necesitados, que traigan tu alivio y fortaleza a todos los que sufren. Que nunca falten cristianos que lleven en el corazón impreso tu rostro de misericordia. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
 
Padrenuestro…
 
V/ Señor, pequé.
R/ Ten piedad y misericordia de mí.


Séptima estación
Jesús cae por segunda vez

 
V/ Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 
Del profeta Isaías (53,4-5)

Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron.

Palabra de Dios.
 
La segunda vez que cae, Jesús desciende aún más abajo. La cruz pesa ahora un poco más. Pero el descenso de Jesús manifiesta los sentimientos de solidaridad y misericordia de su corazón. Cae por todos los que caen. Cae para caer con todos los que caen abrumados por el peso de la cruz.

Muchos sacerdotes han tropezado y caído porque no pudieron llevar solos el peso de la cruz. La caída de los sacerdotes nunca es simplemente un mero traspiés; lo más probable es que, en su caída, arrastren a muchos otros, dañando su fe o provocándoles sufrimiento. Los sacerdotes necesitan la oración de los cristianos para mantener elevada su vocación.
 
Oremos. Te pedimos, Señor, por todos los sacerdotes que han abandonado internamente su vocación, se han descuidado o han olvidado la alegría de los primeros momentos de su entrega. Por el misterio de tu segunda caída, levántalos, Señor, para que sigan siendo testigos de tu amor en la Iglesia y el mundo. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
 
Padrenuestro…
 
V/ Señor, pequé.
R/ Ten piedad y misericordia de mí.


Octava estación
Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén

 
V/ Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 
Del evangelio según san Lucas (23,27-29)


Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que vienen días en los que dirán: “Bienaventuradas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado”».

Palabra del Señor
 
Ante las mujeres que le siguen derramando sus lágrimas, Jesús expresa unas palabras de consuelo que son, sobre todo, una llamada a descubrir en el dolor de Jesús la redención de todos los dolores, los sufridos por las madres y por los hijos. Al dirigir la mirada y las lágrimas de aquellas mujeres hacia sus hijos, Jesús les está diciendo que en su cruz encontrarán esperanza y consuelo, fortaleza y sentido.

Muchas madres lloran hoy por la vocación de sus hijos. No aceptan que su hija renuncie a un buen sueldo para hacerse religiosa, o no comprenden por qué su hijo tendría que dejar una carrera para hacerse sacerdote. Las lágrimas de muchos padres por la vocación de sus hijos reclaman estas palabras de Jesús, que enseña que las verdaderas lágrimas son las de quienes pierden su entrega.
 
Oremos. Señor, consuela a las madres que lloran por la vocación de sus hijos. Que aprendan a ver que la mayor alegría está en entregarse totalmente a ti, que das sentido a todos los esfuerzos humanos. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
 
Padrenuestro…
 
V/ Señor, pequé.
R/ Ten piedad y misericordia de mí.


Novena estación
Jesús cae por tercera vez

 
V/ Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 
Del evangelio según san Mateo (Mt 11,28-29)

«Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Palabra del Señor.
 
No nos gusta ver a Jesús caer… Nos duele contemplar su humanidad derrotada y vencida, aunque sea el amor lo que lo impulsa al suelo. Nuestro corazón sufre con el Cristo caído bajo el peso de la cruz. Y, sin embargo, gracias a sus caídas nos levantamos, gracias a su humillación podemos elevar nuestro corazón.
¡Cuántas personas caídas no encuentran una oportunidad de levantarse porque no conocen a Jesús! ¡Cuántos jóvenes no saben qué dirección dar a su propia vida porque nadie les ha propuesto un horizonte de belleza! ¡Cuántas personas agobiadas y cansadas no han encontrado a nadie que pueda darles una palabra de aliento! La falta de vocaciones es un drama especialmente para quienes no pueden ver a Cristo que ha caído con ellos, y quedan así incapacitados para volver levantarse.
 
Oremos. Señor, que alivias a quienes andan cansados y agobiados; suscita vocaciones que permitan mostrar tu yugo llevadero a quienes necesitan tu descanso. Y a nosotros concédenos sentir que la falta de respuesta a tu llamada es una pérdida de esperanza para quienes caen en el camino. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
 
Padrenuestro…
 
V/ Señor, pequé.
R/ Ten piedad y misericordia de mí.


Décima estación
Jesús es despojado de sus vestiduras

 
V/ Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 
Del evangelio según san Juan (Jn 19,23-24)

Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron: «No la rasguemos, sino echémosla a suerte, a ver a quién le toca». Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica».

Palabra del Señor.
 
Al venir al mundo, el Señor asumió la humanidad frágil de un bebé y unas inauditas condiciones de pobreza, recostándose en un pesebre en la fría noche de Belén. Su desprendimiento fue la fuente de nuestra salvación: por eso dice san Pablo que Jesús, «siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza» (2Cor 8,9). Ahora, en la cruz, le despojan de sus vestidos y de su última dignidad. Él se da completamente por amor a nosotros.

Para seguir a Jesús con una vocación de especial consagración hay que estar dispuestos a renunciar a todo, para entregarse por completo. No se trata simplemente de decir que no a determinadas cosas buenas (posesiones, prestigio, posición social…), sino sobre todo de decir que sí a un amor eterno, que está por encima de todo bien creado: el amor eterno de Jesús.
 
Oremos. Te pedimos, Señor, que afrontemos valientemente las renuncias que libremente asumimos en tu nombre. Que, según tu promesa, encontremos multiplicado todo aquello que damos con generosidad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

 
Padrenuestro…
 
V/ Señor, pequé.
R/ Ten piedad y misericordia de mí.

 
Undécima estación
Jesús es clavado en la cruz

 
V/ Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 
Del evangelio según san Mateo (Mt 27,37-40)

Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban, y meneando la cabeza, decían: «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».

Palabra del Señor.
 
Jesús es cosido a la cruz con los clavos que hieren su cuerpo. Fueron también duros los golpes de las acusaciones impertinentes que hacían los que se burlaban, aludiendo a su condición filial: «si eres el Hijo de Dios… baja de la cruz». ¡Claro que Jesús es el Hijo de Dios! ¡Y por supuesto que no va a bajar de la cruz, fiel hasta el final al amor del Padre a la humanidad herida!

Con Jesús, obediente y fiel hasta la muerte, muchos cristianos han vivido su vocación hasta las últimas consecuencias, afrontando burlas, incomprensiones y golpes. En la fidelidad se encuentra la mayor prueba de libertad: un dominio total de sí para la entrega total a Cristo, que antes se ha entregado por nosotros. Y con Él, comprendemos nuestra filiación, somos hijos de Dios que aman a pesar de todo y por encima de todo.
 
Oremos. Señor Jesús, clavado en la cruz por nuestro amor, que con fidelidad mantienes tu palabra y tu amor hasta el final. Fortalece a quienes buscan entregarse a ti para que puedan en todo momento entregarse con total libertad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
 
Padrenuestro…
 
V/ Señor, pequé.
R/ Ten piedad y misericordia de mí.


Duodécima estación
Jesús muere en la cruz

 
V/ Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 
Del evangelio según san Juan (Jn 12,24-25)

«En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna».

Palabra del Señor.
 
La cruz de Jesús es la manifestación del amor mayor que puede darse. Jesús había dicho que «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». Y san Juan, comentando la entrega de Jesús, dice que «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». El mundo de hoy ha tergiversado la palabra amor, convirtiéndola en un simple intercambio. ¿Cómo pueden surgir vocaciones cuando ya no se sabe qué es amar? ¿Cómo pedir a alguien que se dé si el amor se comprende como adueñarse o sentirse?

Al entregar su vida en la cruz, Jesús nos muestra el alcance de toda verdadera vocación: amar hasta el extremo. Solo somos cuando nos damos, nuestra vida funciona como un río: cuando no fluye, cuando no se da, entonces se estanca y se corrompe. Quien responde a su propia vocación, muestra la belleza del amor, que es la fuerza de la cruz.
 
Oremos. Que podamos, Señor, acoger tu donación: nos das tu vida, tu fortaleza, tu alegría, tu amor… Te das a ti mismo. Que podamos abrir nuestros brazos para acogerte y aprender a darnos como tú, pues solo da fruto el que se entrega. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
 
Padrenuestro…
 
V/ Señor, pequé.
R/ Ten piedad y misericordia de mí.

 
Decimotercera estación
Jesús es bajado de la cruz y puesto en brazos de su Madre

 
V/ Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 
Del evangelio según san Juan (Jn 19,33-35)

Al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis.

Palabra del Señor.
 
Del costado de Cristo muerto en la cruz brotan el agua y la sangre, signos de los sacramentos de la Iglesia. María al pie de la cruz, al acoger a su Hijo entregado por nosotros, se convierte en imagen de la Iglesia, que es la depositaria de los sacramentos de Jesucristo. María acoge con emoción, dolor y esperanza el amor de su Hijo, que continúa llegando a nosotros en la forma de los sacramentos.

María es así la imagen de las comunidades cristianas, llamadas a acoger con alegría y esperanza las vocaciones. Una Iglesia que no espera recibir vocaciones, que no reza por ellas, que no las suscita y acompaña, no es imagen de la Virgen fecunda que recibe el amor del Hijo y se entrega juntamente con Él.
 
Oremos. Pidamos al Señor que, junto a María, la Iglesia no pare de orar por las vocaciones; junto a la oración, que todos los cristianos hagan propuestas directas a jóvenes para que emprendan el camino del sacerdocio o la vida consagrada. Que la Iglesia anhele siempre recibir el don del amor de Cristo que se transparenta en la entrega de los cristianos entregados a los demás. Por Jesucristo, nuestro Señor.
 
Padrenuestro…
 
V/ Señor, pequé.
R/ Ten piedad y misericordia de mí.


Decimocuarta estación
Jesús es sepultado

 
V/ Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 
Del evangelio según san Juan (Jn 19,40-42)

Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

Palabra del Señor.
 
Jesús es sepultado con la esperanza de que cumpliría su palabra y volvería a llenar de luz el corazón de los discípulos al tercer día. La suya es una entrega que no acaba en el vacío. Su sepulcro está en un huerto, como indicándonos que su entierro es una siembra que espera dar fruto. Jesús se ha gastado en espera de la resurrección.

¡Cuántos esfuerzos hacemos en la Iglesia gastándonos para nada! Necesitamos aprender a gastarnos con la esperanza de resucitar, amando como Jesús hasta el final. Pero cuando nuestros esfuerzos se limitan a vaciarnos pensando en nosotros mismos, en nuestros propios proyectos o en lo que nosotros consideramos lo adecuado y justo, entonces nuestro esfuerzo es baldío. Confiemos en el Señor totalmente; vaciémonos en su nombre, amemos como Él, no temamos gastarnos en lo que parece que es estéril, siempre que sea a imagen de Jesús. Él hará que nuestra vida dé fruto como la suya.
 
Oremos. Señor, enséñanos a entregarnos contigo en lo que verdaderamente merece la pena, en lo que nos llena de tu amor, en lo que es una verdadera siembra de tu gracia. Concédenos vocaciones que no miren solo su propio querer e interés, sino que estén dispuestas a vaciarse totalmente por ti y tu amor. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Padrenuestro…
 
V/ Señor, pequé.
R/ Ten piedad y misericordia de mí.