Celebrar

Continuamos comentando los párrafos más importantes del Documento Preparatorio del Sínodo de los obispos. Hoy, una parte más del párrafo 30.

«Caminar juntos» solo es posible sobre la base de la escucha comunitaria de la palabra y de la celebración de la eucaristía. ¿Cómo inspiran y orientan efectivamente nuestro «caminar juntos» la oración y la celebración litúrgica? ¿Cómo inspiran las decisiones más importantes? ¿Cómo promovemos la participación activa de todos los fieles en la liturgia y en el ejercicio de la función de santificación? ¿Qué espacio se da al ejercicio de los ministerios del lectorado y del acolitado?

El cuarto ámbito de reflexión propuesto por el Documento Preparatorio del Sínodo es el de la celebración litúrgica, especialmente de la eucaristía: ¿en qué medida la celebración de la eucaristía es la base y el horizonte del caminar del Pueblo de Dios?

La razón por la cual la celebración de la eucaristía tiene que ocuparnos en esta revisión sinodal es casi evidente: la eucaristía es el sacramento (esto es, el signo y el instrumento) de nuestra comunión con Cristo y, en este sentido, es la fuente y la imagen de la vida de la Iglesia. De las tres acciones que describen el itinerario de este Sínodo (comunión, participación y misión), la que define más esencialmente la Iglesia es la comunión: la unión con Cristo, que es la raíz de la comunión eclesial, que despierta nuestra participación e impulsa nuestra misión cristiana.

El concilio Vaticano II enseña que en los sacramentos «la vida de Cristo se comunica a los creyentes, que se unen a Cristo, muerto y glorificado», y que especialmente en la eucaristía «compartimos realmente el Cuerpo del Señor, que nos eleva hasta la comunión con Él y entre nosotros» (LG 7). Por eso, en la eucaristía «se significa perfectamente y se realiza maravillosamente de manera concreta la unidad del Pueblo de Dios» (LG 11), y la eucaristía es llamada con razón «fuente y cima de la vida cristiana» (LG 11), porque por ella «la Iglesia vive y se desarrolla sin cesar» (LG 26). En la eucaristía los cristianos ofrecen su propia vida y reciben la santidad que se perfecciona en la caridad.

Para el concilio Vaticano II, la mejor imagen de la Iglesia es la comunidad reunida en torno al altar y presidida por el obispo. Por eso, se pide «que los fieles no asistan a este misterio de fe como espectadores mudos o extraños, sino que, comprendiéndolo bien, mediante ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada», para que de este modo puedan ser instruidos en la Palabra de Dios, reparar sus fuerzas en el banquete del Cuerpo del Señor, dar gracias a Dios y ofrecerse a sí mismos juntamente con Cristo, creciendo cada vez más en la unidad con Dios y entre sí (SC 48).

Por consiguiente, cuando el Sínodo nos propone revisar nuestras celebraciones, no pide que nos preguntemos solo por su dimensión visible, sino principalmente si las vivimos como fuente de la vida cristiana y de la comunión eclesial. En la liturgia, Cristo Resucitado sigue anunciando el evangelio y reuniendo a su Pueblo que le aclama. Por eso, el Sínodo reclama con razón un discernimiento sobre la celebración litúrgica y sobre los ministerios de servicio a la Palabra y al altar.
 

Por Juan Serna Cruz