«Dios nos regala la luz para no rendirnos»

El Domingo II de Cuaresma nos invita a subir con Jesús al monte de la Transfiguración (Mt 17, 1-9). En medio del camino cuaresmal, marcado por el esfuerzo, la conversión y la renuncia; la Iglesia nos invita a detenernos un momento y mirar la luz. No es una evasión, sino una necesidad profunda para seguir adelante.

Jesús sube al monte con tres discípulos y allí se transfigura. Su rostro resplandece, sus vestidos se vuelven blancos. En un mundo como el nuestro, saturado de malas noticias, guerras que parecen no tener fin, crisis económicas, migraciones forzosas y un clima social cada vez más crispado, esta escena es una llamada a no perder la esperanza. La transfiguración nos recuerda que la historia no está abandonada al caos: Dios sigue actuando, aunque muchas veces no lo percibamos.

Hoy también nosotros vivimos en el «valle», lejos de la luz de la montaña santa: familias rotas, jóvenes desorientados, personas mayores solas, trabajadores agotados por la precariedad o la falta de sentido. Basta abrir un informativo para sentir el peso de la oscuridad. En ese contexto, el monte de la transfiguración nos dice que no todo es noche, que hay una luz que no aparece en los titulares, pero que sostiene el mundo.
 

También hoy buscamos escapar: refugiarnos en el entretenimiento constante, en las pantallas, en una espiritualidad cómoda que no comprometa


Pedro quiere quedarse allí: «¡Qué bien se está aquí!» Es una reacción muy humana. También hoy buscamos escapar: refugiarnos en el entretenimiento constante, en las pantallas, en una espiritualidad cómoda que no comprometa. Pero Jesús no se queda en el monte. La fe auténtica no consiste en huir de la realidad, sino en mirarla con los ojos transformados por Dios.

La voz del Padre es clara: «Escuchadlo». En una sociedad donde todos hablan, opinan y gritan —redes sociales, tertulias, enfrentamientos ideológicos—, la Cuaresma nos invita a aprender a escuchar: escuchar a Cristo en el evangelio y escuchar al hermano que sufre. Muchas tragedias actuales nacen precisamente de no escuchar: ni a Dios, ni a la conciencia, ni al prójimo.
Después de la experiencia luminosa, Jesús nos manda bajar del monte. La transfiguración no nos separa del mundo, sino que nos prepara para volver a él con otra mirada. Como creyentes, estamos llamados a ser testigos de esa luz en medio de la rutina, del conflicto y del cansancio: con gestos sencillos de perdón, justicia, solidaridad y esperanza.

Dios nos regala luz para no rendirnos. La Cuaresma es aprender a reconocer esa luz en medio de la oscuridad y dejar que transforme nuestra manera de vivir, hasta llegar a la Pascua, donde la última palabra no la tiene la cruz, sino la vida.

Por Vicente Fernández-Espartero González-Mohíno