El sepulcro vacío

El sepulcro vacío y las apariciones de Jesús resucitado nos transmiten, a través de los testimonios de los primeros cristianos, que el entregado, «el que nació de María, el que recorrió los caminos de Galilea, el que tocó a los leprosos», ha resucitado y «ha sido transformado en un cuerpo glorioso».

Todos los años, el Sábado Santo, siguiendo la costumbre local, en una Vigilia Pascual muy temprana, el obispo de Jerusalén proclama el Evangelio de la Resurrección desde la puerta del Sepulcro de Jesús. Este año esta celebración ha contado con pocos fieles y peregrinos, debido a una guerra que está llenando de tristeza la Tierra Santa.

Este lugar, el sepulcro vació de Jesús, permanece en medio de nuestro mundo como un elocuente testigo de la esperanza a la que estamos llamados, una esperanza que no habla solo de vida más allá de la muerte, sino que anuncia la resurrección, es decir, una esperanza que promete vaciar nuestros sepulcros.

Los siglos han ido transformando la tumba vacía de Jesús y todo su entorno. Los Evangelios reseñan un sepulcro nuevo rodeado de un jardín, cercano al calvario, más allá de las murallas de Jerusalén. La arqueología nos habla de los restos de una cantera, a las afueras de la ciudad que fue usada tanto para las ejecuciones, como para llevar a cabo enterramientos. Como era habitual se trataba de un sepulcro excavado en la roca, con dos pequeñas estancias, en una de las cuales, la del fondo, había un lecho para dejar el cuerpo del difunto envuelto en vendas.

«Nuestros sentidos internos pueden ayudarnos a rezar ante esta vaciedad que lo ilumina todo»

Fue a este lugar al que acudieron las mujeres la mañana de Pascua con el deseo de poder ungir el cuerpo del Señor, y fue en este lugar en el que no encontraron su cuerpo. Aquella mañana, ante la mirada de aquellas discípulas se abrió un misterio que, al contemplarlo, nos ofrece claves fundamentales para nuestra existencia. El cuerpo de Jesús, el que nació de María, el que recorrió los caminos de Galilea, el que tocó a los leprosos, el mismo cuerpo que fue clavado en la cruz ha sido transformado en un cuerpo glorioso. No es un cuerpo diferente, no es un cuerpo inmaterial. Cierto es que desde nuestra orilla mortal no somos capaces de definir con claridad, de precisar académicamente este misterio, pero también es cierto que el cuerpo del resucitado se nos ofrece como una luz capaz de hacernos comprender de un modo nuevo todo lo que existe: la creación, la materia, el tiempo y el espacio, la vida y nuestro propio cuerpo.

En estos días de Pascua, nuestros sentidos internos pueden ayudarnos a pararnos ante el sepulcro de Jesús, a rezar ante esta vaciedad que lo ilumina todo y a acrecentar en nuestro corazón el deseo de que el fin de la guerra y la justicia abran caminos que nos permitan visitar este lugar santo.
 
Por Rubén Villalta Martín de la Leona

Este artículo se publicó en Con Vosotros de 14 de abril de 2024