«Lo queremos como hijo y lo necesitamos como sacerdote»

¿Qué siente un padre que tiene un hijo ordenado sacerdote? ¿Cómo se vive el tiempo de su preparación en el Seminario? De cara a la solemnidad de San José, estas y otras preguntas responde Juan José, padre de Pablo, sacerdote.

Pablo, mi hijo, fue ordenado sacerdote el 2 de octubre de 2021, aunque todo empezó mucho antes y ya será para siempre. Voy a contar lo que siento al ser su padre.

Soy cristiano, con muchas faltas y limitaciones, pero seguidor de Cristo convencido desde siempre. He recibido la gracia de la fe, heredada de mis padres. Con humildad digo que soy de Cristo; creo en su Palabra, practico su doctrina y también cometo errores: soy pecador y me cuesta pedir perdón.

Pablo es de todas las personas con las que se encuentra cada día por la gracia de Dios

Lo que quiero decir es que desde niño me enseñaron a creer en Jesús resucitado. Y esa tradición heredada la hemos transmitido a nuestros hijos. Son dos: el mayor ama la música y ejerce de músico; el menor es sacerdote. Son vocaciones para hacer un mundo mejor: la música que une a los pueblos con un lenguaje universal; y el sacerdocio, entrega de la vida en el nombre de Jesús, por los hermanos, para llevarlos a Dios.

Cuando Pablo salió de casa al Seminario sabíamos que iba también a otra casa común: la Iglesia. No fue fácil, los sentimientos eran encontrados porque te «desprendes» de tu hijo, al que has visto crecer y es lo que más quieres; sabiendo que si llegara a ordenarse sacerdote, ya sería de muchos otros que lo esperan. Los miedos se disiparon enseguida, y así es: Pablo es de todas las personas con las que se encuentra cada día por la gracia de Dios.

La vocación sacerdotal de Pablo también me cambió la vida

Por mi parte, ¿qué podía hacer para entender todo mejor? Entonces me pregunté por esa fuerza interior que lleva a un joven a cambiar de vida, y decidí indagar. Me matriculé en el Instituto de Teología para saber más de Cristo y de la Iglesia. Han pasado ya diez años desde entonces y mucho tengo que agradecer a los profesores que nos enseñan con verdadera pasión y sabiduría. También me impliqué como voluntario en algunas tareas que mi parroquia necesitaba y que yo podía hacer. Agradezco a los párrocos su acogida y confianza.

En definitiva, que la vocación sacerdotal de Pablo también me cambió la vida. Y es que el plan de Dios se vale de muchas personas para hacernos mejores si estamos a la escucha, si contamos con Él, si lo hacemos partícipe de nuestra vida cotidiana. Es una gracia de Dios, un regalo; y es compartir, porque sé que ayudará a muchas personas que necesitan conocer a Dios, y también llevará la alegría del evangelio, en el nombre del Señor, a lugares que ni siquiera conoce, siendo esperanza para muchos.

«El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres», proclama el salmo 126. Y ese es nuestro sentimiento: lo queremos como hijo y lo necesitamos como sacerdote.
 
Por Juan José Cornejo Mesas