Domingo de la Palabra

Este domingo 21 de enero, III domingo del Tiempo Ordinario, celebramos el Domingo de la Palabra de Dios.

Celebramos ya el quinto año desde que el Papa Francisco instituyó en el III Domingo de Tiempo Ordinario la celebración del Domingo de la Palabra de Dios. Inmersos en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, nos unimos orando los hermanos oyentes de la Palabra.

Todos los domingos leemos la Palabra de Dios, ¿por qué la necesidad de esta jornada? Porque los cristianos tenemos la responsabilidad de conocer la Sagrada Escritura. Muchos católicos ignoran lo más básico de la Biblia. Y es común que, para los que sí conocen pasajes bíblicos, su único acercamiento a la Palabra de Dios es el del uso litúrgico (las lecturas proclamadas en la eucaristía). Reconocemos como original y válido el contexto litúrgico de la lectura bíblica. Pero si fuera lo único, sin duda careceríamos de la riqueza de descubrir el contexto de las selecciones que brinda la Iglesia y desconoceríamos además muchísimos otros pasajes en los que Dios desea hablarnos y salir a nuestro encuentro. Sería una experiencia básica —pero quizá raquítica— de cómo Dios nos habla. Por eso el Papa responde con esta jornada al sentir de la Iglesia que tiene necesidad y deseo de acercarse más a los textos sagrados.

«No se trata de recibir un libro interesante que subjetivamente me dice muchas cosas y me transmite mucha sabiduría, sino de acoger en la propia vida a Dios que quiere ser recibido para enriquecer nuestra vida con su encuentro»

Con la Navidad aún en la memoria inmediata, no queremos valorar este día principalmente desde un interés literario o histórico por los textos. Siendo muy importante y necesario nos apartaría de la verdad profunda que proclamamos: Dios ha enviado a Jesús, su Palabra, para que lo recibamos y nos unamos a él. A cuantos reciben su Palabra les regala una identidad nueva, de hijos de Dios. No se trata de recibir un libro interesante que subjetivamente me dice muchas cosas y me transmite mucha sabiduría, sino de acoger en la propia vida a Dios que quiere ser recibido para enriquecer nuestra vida con su encuentro.

Por eso el lema de este año, «permanecer en mi Palabra» (Jn 8,31) no sugiere permanecer en una mesa camilla abriendo la Biblia y devorando uno por uno sus libros. Más bien expresa lo que hace un discípulo con su maestro o un esposo con su esposa… No el entusiasmo de una historia que se lee, ni de los primeros momentos en una relación personal. Nos invita a ser fieles en la relación que regala al discípulo un conocimiento profundo de Dios, base de la comunión con Aquél que nos habla.
 
Por Jaime Quiralte Tejero