Día de la Iglesia Diocesana
¿Cómo
se financia la Iglesia Católica en la Diócesis Ciudad Real?
Compartir
los bienes: una vuelta a los orígenes de la Iglesia
Conciencia
de Iglesia Diocesana
¿Cómo se financia la
Iglesia Católica en la Diócesis Ciudad Real?
Cuando hablamos de nuestra Iglesia lo hacemos
como cuando hablamos de nuestra propia familia. La sentimos como algo "muy
nuestro", porque en ella se casaron nuestros padres, fuimos bautizados, aprendimos a
ser cristianos en la catequesis, rezamos, celebramos el perdón de Dios en la confesión,
hicimos la primera comunión, nos hicieron fuertes en la fe por la Confirmación, los
novios se preparan al matrimonio, los enfermos son acompañados, a los que mueren se les
despide, nos reunimos en Misa, ... así es nuestra vida de familia cristiana.
Disponemos de sacerdotes, de religiosos y monjas
de clausura y muchísimos laicos, etc. Tenemos edificios, que hay que cuidad y mantener en
buen estado, etc.
Y, como ocurre en nuestras pequeñas familias, la
Iglesia no se mantiene sola: hay personas que llevan adelante toda la misión
evangelizadora y tiene que haber dinero para mantener todos sus gastos.
Entonces, ¿cómo se financia la Iglesia?, ¿de
dónde le llega el dinero?: El dinero procede de estas dos vías: La mayor cantidad es la
que se aporta en las colectas de la Misa, donativos, suscripción-cuota fija, alguna
herencia, etc.; y otra cantidad es la que llega de la Declaración de la Renta al marcar
la X en la casilla de la Iglesia Católica.
Estos son los dos cauces por los que se financia
la Iglesia. De ahí que cada Católico tiene que ser consciente y decir: Contribuyo con la
Iglesia de estas dos maneras: Entregando una cantidad periódica y, también, marcando la
X en la casilla den la Declaración de la Renta con destino a la Iglesia Católica.
Yo quisiera insistir en lo de "una cantidad
periódica". Consiste en que cada persona o familia ayudara al sostenimiento
económico de su parroquia entregando una cantidad fija. ¿Cuánto entregar? Como
indicativo podríamos pensar en aportar el 1 % de los ingresos que tenemos.
¿Y qué decir a aquellos que se sienten
católicos y no aportan nada para su sostenimiento? Que sean conscientes y piensen que no
son "los otros" los que tienen que mantener las cosas sino que corresponde a
todos los bautizados.
Con relación a la Declaración de la Renta y
marcar la X, hace unos meses que el Gobierno Español y la Conferencia Episcopal Española
han llegado a un punto de acuerdo por el que los contribuyentes que marquen la X en la
casilla de la Iglesia Católica (que haremos en el año 2.008) dicen al Estado que destine
a la Iglesia el 0´7 % de los impuestos que pagan.
El gobierno lo ha decidido así porque comprende
que la Iglesia, especialmente con la propuesta y anuncio del Evangelio de Cristo, está
contribuyendo a que nuestra sociedad y otros países en los que está presente progrese en
fraternidad.
Muchas gracias a todos. Gracias a los que ya
hacéis esas aportaciones y un recordatorio para aquellos que aún no lo hacen.
Vicente Ramírez de Arellano Rabadán,
ecónomo diocesano
COMPARTIR LOS BIENES: UNA
VUELTA A LOS ORÍGENES DE LA IGLESIA
El Concilio Vaticano II representa un cambio de
orientación en la relación Iglesia-mundo. Su novedad primordial estriba en la
solidaridad con la humanidad entera, en una permanente atención a los "signos de los
tiempos". Ello significa un serio planteamiento de la relación entre la fe y las
culturas, entre la fe y la historia: "La experiencia humana y la historia es para la
Iglesia un lugar teológico" (G S. 44,46)
En este contexto de cambio es en el que quiero
reflexionar sobre el nuevo modelo de financiación de la Iglesia española.
La Iglesia quiere ofrecer al mundo el Evangelio,
la palabra de Dios. La renovación cristiana, ha de beber siempre en las fuentes genuinas
y afirmarse desde su vitalidad interior.
También desde el punto de vista económico,
hemos de preguntarnos qué modelo es el específicamente cristiano, sin dejar de tener a
la vista la situación de la sociedad actual. La misión del cristiano debería consistir
en tratar de purificar y liberar con caridad cristiana el mundo actual tecnificado y
deshumanizado.
Esta situación, antes de alarmarnos, debe
hacernos reflexionar en el sentido de que todo esto supone una purificación para la
religión y también para la Iglesia misma, que emplazada a la periferia social, tiene que
volver sobre sí misma y buscar su identidad más profunda.
A esto contribuirá una "vuelta a los
orígenes" de todos los campos de actuación de la Iglesia: el litúrgico, el
pastoral, el misionero y también el económico o de redistribución de los bienes.
En los relatos de los Hechos de los Apóstoles
encontramos las claves de estos cambios que debemos, entre todos, ayudar a que se
produzcan. Estamos muy lejos de llevar a la práctica en plenitud la manera en que
vivieron los primeros cristianos: "Todos los creyentes vivían unidos y tenían
todas las cosas en común, y vendían sus posesiones y bienes y los repartían entre todos
según las necesidades de cada uno". (Hch. 2, 44-45).
Este debería ser nuestro referente más
profundo. Las comunidades eclesiales no serán verdaderas comunidades cristianas hasta que
no alcancen este compartir radical de bienes espirituales y materiales. Desde aquí
aparece una nueva manera de entender la economía de la Iglesia y su financiación. Pero
esto necesita un cambio profundo de mentalidad en los creyentes. Es pasar de considerar a
la Iglesia como una institución de servicios que hay que financiar, a entender y vivir
nuestra pertenencia más profunda a ella mediante el bautismo.
Hay que ir más allá del discurso de
"ayudar a la Iglesia en sus necesidades", sino compartir nuestros bienes para
que los hombres y mujeres de nuestro tiempo se encuentren con el Dios de Jesucristo y
lleguen por la fe a amar a la Iglesia y se sientan parte fundamental, "piedras
vivas" como nos dice San Pedro.
En el seno de nuestras pequeñas familias no es
preciso hacer campañas de sensibilización para que sus miembros contribuyan con agrado
al sostenimiento de la misma. Esa dinámica de la economía familiar surge con la
espontaneidad de quien se siente padre, madre, hijo o hermano. Esta es la dinámica del
compartir mutuo que debemos retomar en la Iglesia, en nuestras comunidades, con la
normalidad que se da en el seno de una familia. Pero esto no es fácil, pues requiere un
profundo cambio en el sentido de pertenencia del creyente y también poner en marcha los
mecanismos que faciliten la participación activa de todos en los ámbitos donde se
distribuyen los bienes.
Si queremos que tenga credibilidad el mensaje de
solidaridad que la Iglesia ha emitido con claridad al mundo, tenemos que hacerlo vida en
nuestras comunidades. Empezando por la diócesis, que es el ámbito donde se concreta la
Iglesia de manera más visible.
Es hora de discernir y de trabajar. Con la mirada
puesta en la manera en que vivían los primeros cristianos y el corazón confiado en el
Espíritu del Señor que nos dará la luz y la fuerza para llevarlo a cabo.
Maria Rosa Sánchez Naranjo
Presidenta Diocesana de Cursillos de Cristiandad
CONCIENCIA DE IGLESIA
DIOCESANA
Hace años, las hermandades se creaban para unos
fines específicos: cuidar a enfermos, recoger huérfanos, vagabundos, dar de comer a los
necesitados, dar entierro a los muertos en batallas o caminos, etc., y evangelizar. Todo
ello debido a las necesidades/carencias de los servicios que en la sociedad de aquella
época escaseaban.
Hoy día no tenemos esas, pero si otras
situaciones: las drogas, el alcohol, las personas indigentes, el maltrato a nuestros
iguales, la explotación sexual, la explotación de niños, el exceso de inmigrantes,
catástrofes, etc. Son muchos los problemas de la sociedad actual. Para la evangelización
de todos estos grupos existen organizaciones dentro de nuestra Iglesia, que realizan -con
sus limitaciones y con una labor encomiable- acciones constantes.
Actualmente, igual que entonces, existen
hermandades y cofradías
¿cómo cumplir con los fines? Al ser instituciones de la
Iglesia, en sus estatutos, aparece un capítulo que se titula: "Naturaleza y fines de
la hermandad o cofradía". Dentro de este, algún artículo referido a la
necesidad de "atender a las necesidades y problemas de los más débiles,
trabajando por la justicia social según las enseñanzas de la Iglesia".
Entonces, hemos de preguntarnos: ¿Dónde está
la fraternidad para con los pobres? ¿Colaboramos ciertamente para poder aminorar estas
situaciones?
Es aquí donde nosotros, las hermandades y
cofradías, deberíamos tener un papel principal. Después de hacer una reflexión
profunda al respecto, las Hermandades y Cofradías deberíamos plantearnos (seguro que
algunas ya lo hacen), la forma de proceder al sostenimiento económico de nuestra
Iglesia, para poder hacer frente a estas realidades. Un modo muy adecuado sería
destinar un porcentaje de los ingresos de la cofradía o hermandad a estas causas, o
según nos indiquen nuestros consiliarios.
Un cauce eclesial y establecido desde mucho
tiempo es realizar estas aportaciones en las diversas colectas que se realizan a lo largo
del año: colectas para misiones, cáritas, seminario, contra el hambre, iglesia
diocesana, etc. Igualmente deberíamos ayudar en alguna necesidad de nuestra parroquia,
ajustándonos siempre a las indicaciones de nuestro Obispo, ya que somos uno de los
miembros de esa gran familia que es la Iglesia: Miembros de una sola Iglesia.
Juan-Carlos Fernández de Mera Arévalo
Presidente de Hermandad