"Consolad, consolad a mi pueblo" Isaías
40, 1
Lectura creyente para tiempos de crisis

Con estas palabras del profeta Isaías, deseo
comenzar mi reflexión. Es mi única intención ayudaros, en primer lugar, a vosotros, mis
queridos diocesanos. Y también, por vosotros, a todos los castellanomanchegos, dada la
situación en que nos hallamos sumidos, por las graves dificultades económico-sociales
que nos rodean.
Son los nuestros, sin duda, tiempos difíciles.
Tiempos de incertidumbre. Tiempos hasta de temor. No resulta fácil vislumbrar un futuro
mejor. Ni siquiera nos es posible aventurar cuándo llegará el final de esta situación.
Tampoco parece acertarse con una solución eficaz para la misma.
En este contexto, muchas cosas parecen
tambalearse. Es muy fuerte el correctivo sobre modelos concretos, sobre determinadas
estructuras. ¿Estaremos ante el final de una era económica? ¿Estaremos en el
alumbramiento de un nuevo sistema político-social? Lo iremos viendo con el correr del
tiempo. Pero, mientras tanto, son muchas las personas que están/estáis sufriendo las
consecuencias del cambio: dificultades económicas, dificultades psicológicas,
dificultades sociales, dificultades familiares
El desánimo y la desesperanza se
yerguen con fuerza en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades.
Es ahí donde me siento interpelado por el
profeta Isaías, que dice: "Consolad, consolad a mi pueblo". Porque, como
Pastor de esta Iglesia Diocesana, me siento conmovido y me preocupan vuestras
"angustias y tristezas, alegrías y esperanzas" (Gaudium et Spes, 1). Y
me quiero colocar a vuestro lado, para ayudaros a leer esta situación con mirada
creyente, y a vivirla desde esa óptica.
Ahondar en nuestras convicciones más profundas
que nacen de la seguridad que sólo la fe en Jesucristo nos ofrece, tiene que ser el
cimiento sólido donde debemos seguir construyendo la casa que soporta según la
imagen evangélica trombas y vendavales que el transcurso del tiempo nos suele
traer. El desastre moral que estamos soportando con jóvenes hartos de placeres, fríos
asesinos a tan temprana edad, dirigentes sociales y políticos que están muy lejos de ser
ejemplares en costumbres y comportamientos, estratagemas y trampas que sólo buscan hundir
al adversario a costa de lo que sea, llevándose por delante el prestigio y la seguridad
institucional de los más altos organismos del Estado, que aseguran a la sociedad una
convivencia sin más sobresaltos que los fallos que puedan venir excepcionalmente de
individuos aislados... No nos deben hacer desesperar del logro y la búsqueda del bien, la
verdad y la belleza de la justicia y el derecho. Nuestra certeza es que, después de la
Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, el mal ha sido vencido, y, aunque
haga mucho ruido, potenciado ahora por medios de comunicación, ansiosos por subsistir en
la notoriedad que les asegure la clientela publicitaria, hay mucho de bueno en nuestras
familias, vecinos, responsables políticos y sociales
que no hace tanto ruido. Y, si
afinamos la vista, vemos muchos, los más, varones y mujeres fieles, constantes y
generosos al servicio de los demás: familia, vecindad, municipio, provincia, comunidad
autónoma y Patria.
Esta Carta os la escribo en el tiempo de
Cuaresma, en el que la Iglesia nos invita a reconciliarnos con Dios, con los demás y con
nosotros mismos a través de la oración, la limosna y el ayuno. La llamada que se nos
hace a la conversión implica que revisemos nuestros modos de pensar y nuestros
comportamientos personales y sociales, confrontándolos con lo que Dios quiere de
nosotros. El papa Benedicto XVI, en el Mensaje que ha escrito con ocasión de la Cuaresma
de este año 2009, nos explica el sentido cristiano del ayuno cuaresmal. Y dice de él que
es una "terapia" para curar todo lo que nos impide conformarnos con la voluntad
de Dios; una ayuda para cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre
al hermano que sufre; y un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego
desordenado a nosotros mismos. ¡Cuánta falta nos hace profundizar en la riqueza que
esconde la vida cristiana en sus gestos y manifestaciones más sencillas!
En este contexto, con temor y temblor, os ofrezco
unas consideraciones que pretenden hacer luz en esta maraña de acontecimientos y
relaciones sociales que están incidiendo en nuestra vida personal y social.
Motivos de preocupación
I. EL PARO
Es un fenómeno en que las cifras se disparan, a
peor, diariamente. Sé que algunos ya lo sufrís en vuestra propia carne y que habéis
empezado a vivir del subsidio del paro. Sé que, entre nosotros, aumentan las familias
que, mes a mes, ven cómo alguno o algunos de sus miembros (en algunos casos, todos) se
quedan sin trabajo. Con las consecuencias de todo tipo que esto acarrea, como dificultades
para asegurarse los alimentos de cada día, o para pagar la hipoteca, preocupación por no
considerar garantizados vuestros pequeños ahorros, ayuda recibida de los propios
familiares con los que compartís vivienda y mesa
Crece el número de los que vivís
en la zozobra de un futuro inmediato, incierto por inseguro, aunque hasta nosotros lleguen
las palabras tranquilizadoras de nuestros dirigentes sociales.
Y todo, sin que, por el momento, se vislumbren
soluciones. Están apareciendo los que algunos llaman "pobres limpios". Se
refieren, lógicamente, a su pertenencia social, aparentemente mantenida, pero que se ha
venido abajo. En palabras del Papa Juan Pablo II, "los pobres se encuentran bajo
diversas formas
aparecen en muchos casos como resultado de la violación de la
dignidad del trabajo humano: bien sea porque se limitan las posibilidades del trabajo
es decir, de la plaga del desempleo, bien porque se desprecian el trabajo y
los derechos que fluyen del mismo, especialmente el derecho al justo salario, a la
seguridad de la persona del trabajador y de su familia" (Laborem exercens, 8).
Recobran actualidad las palabras del mismo Papa
en Ecclesia in America, 54: "En la doctrina social de la Iglesia ocupa un lugar
importante el derecho a un trabajo digno
es necesario valorar el trabajo como
dimensión de realización y de dignidad de la persona humana. Es una responsabilidad
ética de una sociedad organizada promover y apoyar una cultura del trabajo".
Mal se compagina esta doctrina con nuestra
realidad. Basta mirar la penosidad del trabajo físico de los peones, mujeres y emigrantes
explotados, y la bajísima remuneración a la que se ha llegado en el empleo llamado
basura por su precariedad, temporalidad y absoluta falta de estabilidad. También en las
prejubilaciones y trabajadores sometidos a las regulaciones empresariales, como a los
expulsados del empleo sin más, a veces después de haber ganado incluso buenos sueldos.
En todos los casos, la dignidad misma de la persona del trabajador por cuenta ajena (la
trabajadora tiene todavía más desventaja), no encuentra consideración. Hay que lograr
resultados y hay que sacrificar horarios y ritmos vitales, familiares, locales y topes de
movilidad más o menos aceptables por lograr la oferta de productos y servicios que han de
alimentar a los mismos que los producen, pero con una plusvalía sin más medida que la
que dicte un mercado manipulado y controlado por demasiados pocos. Desde el que está por
debajo de los mil euros de salario hasta los que cobran los incentivos empresariales más
altos, todos están sujetos a la férrea rueda del consumo y la producción, de la
producción y el consumo sin límites.
No es extraño, por esto, que sea el paro nuestra
principal fuente de preocupación. Me lo decís frecuentemente muchos de vosotros.
"No vamos a poder ayudar a tanta gente que acude a nuestras parroquias, pues pueden
flaquear nuestras fuerzas y nuestros recursos". El desastre económico que ha caído
sobre esta tierra, y que nos puede hundir en la desesperación y la rabia, no debe hacer
mella en nosotros hasta tal punto que nos inhabilite para seguir luchando por salir
adelante.
Estamos apuntando bien cuando subrayamos la
importancia del paro, porque señalamos el elemento socialmente más importante. Nos dice
Juan Pablo II, en la Encíclica Laborem exercens, que "el trabajo humano es
una clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión social, si tratamos
de verla verdaderamente desde el punto de vista del bien del hombre. Y, si la solución, o
mejor, la solución gradual de la cuestión social, que se presenta de nuevo
constantemente y se hace cada vez más compleja, debe buscarse en la dirección de «hacer
la vida humana más humana», entonces la clave, que es el trabajo humano adquiere una
importancia fundamental y decisiva". (n. 2) Benedicto XVI, en un Discurso a la
Confederación Italiana Sindical de Trabajadores (CISL), el 31 de enero de
2009, decía que "el trabajo
condiciona el desarrollo no sólo económico, sino
también cultural y moral, de las personas, de las familias, de las comunidades y de la
humanidad".
Todo ello nos debe hacer pensar, y debemos sacar
enseñanzas que nos fortalezcan y nos empujen en el esfuerzo diario que la vida misma trae
consigo. Ahora, ayudados por los efectos de la crisis, caemos en la cuenta de que,
seducidos por el prometido y pretendido bienestar, nos habíamos olvidado bastante de que
ese esfuerzo, sí, trabajo y tarea a la vez, es imprescindible para la realización
humana. Caemos igualmente en la cuenta de que la solidaridad se hace más necesaria que
nunca y que vale más compartir que acaparar. Entre todos, hemos de procurar las ayudas
necesarias y colaborar en las instituciones que trabajan en ello. Por poco que podamos
hacer, se convertirá en mucho por el esfuerzo común. En la ayuda mutua no debemos parar,
hemos de seguir adelante. Sé que los sacerdotes y los responsables de las Cáritas
parroquiales e interparroquiales están seria y generosamente dedicados a brindar su
colaboración: alimentos, ropa, calzado y vivienda (luz, agua, teléfono
).
II. VIDA POLÍTICA
Después de la última contienda electoral,
observo con preocupación todo lo que viene sucediendo en nuestro joven proyecto
democrático cuando se acercan unas elecciones cualquiera que sea su alcance. Siento los
temores de la gente por lo que pueda pasar: un atentado, un escándalo social, huelgas y
revueltas de grupos radicales que se incuban, programan y reservan para ser puestos en
escena en esos momentos. Las elecciones, que, con tanta ilusión, hemos esperado los
mayores en nuestro pasado como una auténtica fiesta de convivencia democrática, no
pueden seguir siendo percibidas por mucho tiempo como amenaza de presente e inseguridad de
futuro para los ganadores, que ven incierta su victoria, y más para los perdedores, que,
recelosos, saben que no les puede venir nada bueno a ellos y a sus familias.
En estas situaciones que se vienen dando, noto
que está surgiendo la pregunta: ¿No será todo ello facilitado por un sistema
democrático que nos hemos dado, condicionado por un protagonismo exclusivo y excesivo de
los partidos políticos, por eso que se suele calificar como una partitocracia real?
Ciertamente, los ciudadanos no somos, no podemos ser, del todo libres para elegir a las
personas que pensamos son las mejores para dirigir el concierto social, y vemos que, como
los partidos políticos no sean muy cuidadosos en su elaboración, se pueden colar en las
listas gentes sin escrúpulos. Impotentes, nos estamos acostumbrando a elegir lo menos
malo deslizándonos por la pendiente de que todo y cualquiera vale, tenga o no solvencia
moral personal y demostrada socialmente.
La lucha por el poder pierde así toda bondad y
belleza. Nos estamos convenciendo demasiado deprisa de que todo el entramado electoral no
es para buscar el bien común, sino para asegurar el puesto en el partido que gobierna,
enriquece y eleva a cotas de alto standing (en castellano, "trepar a costa de lo que
sea" en la escala social).
Dicho esto, advirtiendo que hay mucho más de
positivo que de negativo en nuestra convivencia política, y cualesquiera que sean las
correcciones que el sistema necesite y que los españoles podamos darnos, he comenzado
esta reflexión con la cita del profeta Isaías que se siente enviado a consolar a su
pueblo en el estado de postración al que ha llegado por no creer en sí mismo y por
buscar pactos con potencias extranjeras que le han llevado al alejamiento del mismo Dios
que le sacó de la esclavitud y que le llevó a la Tierra Prometida. Que nadie piense que
me siento mesías social. Estas letras las dirijo a mi Iglesia que peregrina en esta
tierra de Castilla la Mancha, pues la Iglesia que formamos los bautizados, sí tiene la
Misión encomendada por Dios Padre a Jesucristo, el Señor, de dar la vida por la Justicia
y el Derecho, la Verdad, la Vida, la Gratuidad, el Amor y la Paz. Enviados de Dios, sí,
para consolar a nuestro Pueblo. Cada comunidad parroquial, congregación, asociación o
movimiento apostólico, con todos sus miembros y muy personalmente, estamos llamados a
consolar al Pueblo que es nuestro por pertenencia y por entrega de lo mejor de nosotros
mismos.
Los católicos, especialmente los laicos, estáis
llamados a participar en la vida social y política ofreciendo en esta hora de nuestra
historia certezas morales y testimonios de rectitud y entrega gratuita a los demás.
Quiero recordar la aportación de Pablo VI con ocasión del 80 aniversario de la carta
encíclica Rerum Novarum de León XIII. Nos decía: "Según su propia misión,
el poder político debe saber desligarse de los intereses particulares, para enfocar su
responsabilidad hacia el bien de todos los hombres, rebasando incluso las fronteras
nacionales. Tomar en serio la política en sus diversos niveles local, regional,
nacional y mundial es afirmar el deber del hombre, de todo hombre, de conocer cuál
es el contenido y el valor de la opción que se le presenta y según la cual se busca
realizar colectivamente el bien de la ciudad, de la nación, de la humanidad. La política
ofrece un camino serio y difícil aunque no el único para cumplir el deber
grave que el cristiano tiene de servir a los demás. Sin que pueda resolver ciertamente
todos los problemas, se esfuerza por aportar soluciones a las relaciones de los hombres
entre sí. Su campo y sus fines, amplios y complejos, no son excluyentes. Una actitud
invasora que tendiera a hacer de la política algo absoluto, se convertiría en un
gravísimo peligro. Aun reconociendo la autonomía de la realidad política, los
cristianos dedicados a la acción política se esforzarán por salvaguardar la coherencia
entre sus opciones y el Evangelio y por dar, dentro del legítimo pluralismo, un
testimonio, personal y colectivo, de la seriedad de su fe mediante un servicio eficaz y
desinteresado hacia los hombres." (Octogesima Adveniens, 46, 3).
En toda época de la historia, esto no es nuevo,
los cristianos podremos ser denostados, calumniados y mal interpretados en nuestro
quehacer diario, pero esto no nos debe desanimar, conscientes de que el seguimiento de
Jesucristo nos lleva siempre a ser consuelo eficaz para nuestros contemporáneos. En esta
tarea, deberemos, sí, vigilar para que no se nos pegue el polvo del camino, pues es muy
fuerte la presión cultural que se ejerce en nuestra sociedad, en el complejo entramado
que forma la opinión pública, y se nos cuelan criterios y actitudes que se hacen pasar
como "normales", pero que, de hecho, están muy lejos de lo sabido y
experimentado por una vida que pretende ser cristiana; la fidelidad a la Doctrina Social
de la Iglesia nos debe ayudar a discernir y separar el trigo de la paja, a saber fiarnos
de la experiencia de la Iglesia extendida por toda la tierra y con dos mil años de
existencia, los valores del Reino de Dios llenan plenamente las aspiraciones humanas y
capacitan para superar las dificultades en todo momento de la vida personal y de los
pueblos.
III. ECONOMÍA, EDUCACIÓN Y VIDA
Con la capa del bienestar se ha querido envolver,
en los países de nuestro entorno occidental, el logro de los abundantes deseos de poder,
placer y tener que ha provocado un sistema de producción y consumo que se ha encerrado en
su propio ámbito de poder despreciando naturaleza, sociedad mundial o global y aun la
civilización misma con todo su bagaje de siglos de valores, de cultura y de religión. Un
sistema que ha tratado de elevar a categoría de derechos cuantas situaciones se le
antojan, cuanto dentro de ese ámbito pueden decidir las mayorías logradas por los
partidos políticos más que artificiosamente. Y todo, con los señuelos de sobra sabidos
de bienestar y de goce inmediato de la vida, sin medir ni prever consecuencias desastrosas
a medio y largo plazo en la vida de personas y colectivos. Es decir, se ha pervertido el
sistema al estar regido "por las solas leyes del mercado aplicadas según la
conveniencia de los poderosos" (Ecclesia in America, 20).
Hay que afirmar con fuerza que no es el hombre
para la economía, sino la economía para el hombre. Por eso, los sistemas económicos
deben someterse a la persona humana. Cuando la producción y el consumo son el único
valor, "todo el sistema socio-cultural, al ignorar la dimensión ética y religiosa,
se ha debilitado, limitándose únicamente a la producción de bienes y servicios" (Centesimus
annus, 39). De ahí, la condena de la Iglesia a un mercado salvaje, que prospera
explotando al hombre, porque tendrá como consecuencia un sentido materialista de la vida
y un gran vacío de valores humanos.
Con la pérdida de dignidad y de conciencia de la
misma en la persona, se han dado a la vez fenómenos sociales que están tocando los
fundamentos mismos de la existencia humana como son la implantación en la sociedad de una
jerarquía de valores errática, sin más norte que una pretendida libertad sin límite
ninguno, y a la vez, también, la manipulación de la Vida humana igualmente ilimitada y
bajo el dogma de que todo lo que se puede hacer con los avances científico-técnicos que
hemos logrado obtener es bueno. De nuevo, una ética educativa y una bioética quedan
postergadas o reinventadas.
Ahí están las observaciones que nos hacen y las
cosas que nos cuentan educadores, médicos, siquiatras..., las tozudas estadísticas de
los logros de la mal usada libertad en niños y adolescentes que llegan a experiencias
aberrantes en su más temprana edad y en proporciones alarmantes, que les marcan por los
días de su vida, por lo que muchos de ellos pasan a engrosar la fila de los marginados.
Esta descripción es ratificada, con sus miedos al futuro de sus hijos, por los padres que
se ven impotentes ante esta avalancha de cosas y que deciden tener el menor número de
hijos ante la dificultad de educarlos y de mantenerlos en esta abundancia fracasada ahora
y hundida en la Crisis.
Decía Juan Pablo II que "no es malo el
deseo de vivir mejor, pero es equivocado el estilo de vida que se presume como mejor,
cuando está orientado a tener y no a ser, y que quiere tener más no para ser más, sino
para consumir la existencia en un goce que se propone como fin en sí mismo. Por esto, es
necesario esforzarse por implantar estilos de vida, a tenor de los cuales la búsqueda de
la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un
crecimiento común sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los
ahorros y de las inversiones" (Centesimus annus, 36).
Todavía, en medio de la Crisis, que se achaca
sólo a las finanzas, se está pensando en superar lo que se tiene en economía como
"desajustes del sistema" para seguir tropezando en la misma piedra y seguir
machacando la dignidad personal, familiar y social que haga posible el trabajar para vivir
y no lo contrario: vivir para trabajar al servicio del que ya todo cree tener. Si la
ruptura con las sanas costumbres y moral social trae el deterioro, principalmente de las
clases bajas, saltar los límites de la ética económica ha traído un desastre de
magnitudes insospechadas en el concierto de las naciones a una masa inmensa de gentes y a
poblaciones enteras. No podemos olvidar que el hambre es fruto de la insolidaridad y de la
falta de justicia social en las diversas partes del mundo (cfr. Laborem exercens,
8).
Acaba de decir Benedicto XVI que, "aunque
poner en marcha políticas económicas y sociales adecuadas es tarea del Estado, la
Iglesia, a la luz de la doctrina social, está llamada a dar su aportación estimulando la
reflexión y formando las conciencias de los fieles y de todos los ciudadanos de buena
voluntad. Quizá hoy más que nunca, la sociedad civil comprende que solamente con estilos
de vida inspirados en la sobriedad, la solidaridad y la responsabilidad es posible
construir una sociedad más justa y un futuro mejor para todos". (Discurso a los
Administradores de la región del Lacio, del municipio y de la provincia de
Roma, lunes 12 enero 2009).
Los católicos, estemos en el nivel social en el
que nos encontremos, deberemos estar atentos a la defensa y logro de la dignidad de la
persona trabajadora por encima de cualquier consideración de posible eficacia o
rentabilidad. En nuestra experiencia de pastoral obrera sabemos que los mismos
trabajadores, ante el señuelo de la subida de salario, han roto demasiadas veces con la
solidaridad con
los demás compañeros aceptando condiciones de
empleo nefastas para el propio sistema: mal acabado de los productos, pérdida de
competitividad, bajas y enfermedades que se prolongan y que recaen en un plus de trabajo
para los compañeros... Los efectos en las relaciones familiares son indescriptibles, se
comienza por ignorar poco a poco lo que le pasa al cónyuge o a los hijos y se termina
demasiadas veces con la ruptura o la trampa extramatrimonial.
El fenómeno social del aborto y de la
manipulación de la vida humana antes de nacer hasta decretar la legitimidad de su
extinción con la llamada eutanasia, es otra de las realidades que amenazan hoy a nuestra
sociedad. De los grandes argumentos para no llevar a la cárcel a la infeliz violada sin
recursos para ir a abortar a Londres en los años sesenta, se ha pasado a legislar la
legitimidad de la muerte del feto en la práctica totalidad del período de gestación y a
la recreación de lo habido en otras épocas de la historia y manipulación de lo que
nosotros llamamos esta "cultura de muerte". Acaba de decir Benedicto XVI que
"cada ser humano
es mucho más que una singular coincidencia de informaciones
genéticas que le son transmitidas por sus padres. La procreación de un hombre no podrá
reducirse nunca a una mera reproducción de un nuevo individuo de la especie humana, como
sucede con un animal. Cada vez que aparece una persona se trata siempre de una nueva
creación
Es verdad que no se vuelven a presentar ideologías eugenésicas y
raciales que en el pasado humillaron al hombre y provocaron tremendos sufrimientos, pero
se insinúa una nueva mentalidad que tiende a justificar una consideración diferente de
la vida y de la dignidad de la persona fundada sobre el propio deseo y sobre el derecho
individual. De este modo, se tiende a privilegiar las capacidades operativas, la eficacia,
la perfección y la belleza física en detrimento de otras dimensiones de la existencia
que no son consideradas como dignas. De este modo, se debilita el respeto que se debe a
todo ser humano, en presencia de un defecto en su desarrollo o de una enfermedad
genética, que podrá manifestarse en el transcurso de su vida, y se penalizan desde la
concepción a aquellos hijos cuya vida es juzgada como no digna de ser vivida". (Discurso
a los participantes en la XV Asamblea Ordinaria de la Pontificia Academia para la
Vida, 23 febrero 2009).
La fe en la ciencia, algunas veces en la
pseudo-ciencia, está llevándonos a la manipulación de la vida humana, sin límites
éticos, bajo el dogma de que todo lo que hemos logrado obtener con los avances
científico-técnicos es bueno. Urge una ética científica que oriente, encauce y limite
los trabajos que afectan a la vida humana directa o indirectamente, y habrá que denunciar
los silencios intencionados de aquellos que callan determinadas comprobaciones
científicas, contrarias a las teorías dominantes, sobre el origen y el desarrollo de la
vida humana.
El Documento del Concilio Vaticano II Gravissimum
Educationis, ya de los años 60, nos dice: "puesto que los padres han dado
la vida a los hijos, están gravemente obligados a la educación de la prole y, por
tanto, ellos son los primeros y principales educadores
Es preciso que los
padres, cuya primera e intransferible obligación y derecho es el de educar a los
hijos, tengan absoluta libertad en la elección de las escuelas. El poder público,
a quien pertenece proteger y defender la libertad de los ciudadanos, atendiendo
a la justicia distributiva, debe procurar distribuir las ayudas públicas de forma
que los padres puedan escoger con libertad absoluta, según su propia conciencia,
las escuelas para sus hijos
La Iglesia aplaude cordialmente a las autoridades
y sociedades civiles que, teniendo en cuenta el pluralismo de la sociedad moderna
y favoreciendo la debida libertad religiosa, ayudan a las familias para que
pueda darse a sus hijos en todas las escuelas una educación conforme a los
principios morales y religiosos de las familias". (n. 3. 6 y 7).
Así, pues, "La Educación para la
Ciudadanía", presentada como asignatura que sirve de instrumento para educar la
convivencia política y social de los niños y jóvenes, pretende ir más allá,
manipulando conciencias por encima del necesario dinamismo familiar y educativo. Los
padres tienen que tener la posibilidad de ejercer su derecho, anterior a otros, de educar
a sus hijos. Y los educadores no pueden dejarse avasallar por fuerzas ajenas al aparato
mismo educativo, que introduce la esquizofrenia en los alumnos que no saben a quién hacer
caso, con la consiguiente y peligrosa indiferencia a toda motivación que les pueda
ofrecer la mínima seguridad en su crecimiento como personas en esas etapas de su
desarrollo intelectual y moral.
Los pretendidos avances progresistas que se
logran plasmar en leyes concretas nos dejan en la más absoluta indefensión, y, aún
más, nos dejan fuera de la ley, como proscritos, a quienes vivimos dentro de unas
costumbres y moral concreta, que se apellida cristiana en nuestro entorno europeo, pero
que comparten millones de gentes del planeta y de otras religiones y culturas.
Con una muy estudiada benevolencia, se nos dice
que estamos en una sociedad respetuosa y tolerante de la diversidad recriminando de paso a
quienes no opinamos lo mismo, y culpabilizando a la civilización judeo-cristiana de las
viejas historias y rencores nacionales. Entre tanto, se excluye a todo profesional que, en
la educación, la sanidad y la economía, no pase por lo que se debe aceptar en el
concierto social, puesto que se ha logrado elevar a rango de ley. Las leyes se hacen para
ser cumplidas, ciertamente, pero el legislador puede ser sensible o no a las necesidades
morales de los ciudadanos, y, cuando no se busca ni se acepta la diversidad misma en tan
delicadas materias y aspectos de la vida, se reproducen innecesariamente las crispaciones
y luchas sociales que impiden el consenso social más amplio e imprescindible para remar
todos en la dirección adecuada para salir de todas las crisis.
Soy consciente de los límites en los que me
desenvuelvo con estos pocos folios de reflexión sobre realidades tan fundamentales y
complejas. No es mi intención tratarlo todo, pues sé de mis incapacidades y dificultad
en expresar mi pensamiento, pero me quiero exhortar a nuestra comunidad diocesana a que
sienta la llamada de Dios a ser factor de consuelo y de ilusión por el futuro que nos
aporta el Evangelio a las gentes de todos los tiempos... En la plenitud de los tiempos
vino el Señor Jesucristo a dar la vida por sus hermanos, varones y mujeres, de la entera
Humanidad... A los varones y mujeres de la fe en Jesucristo, en la Palabra de Dios hecha
carne, nos suenan de nuevo las lamentaciones de La Palabra en los salmos y en los
profetas:
Aunque la higuera no echa yemas
y las viñas no tienen fruto,
aunque el olivo olvida su aceituna
y los campos no dan cosechas,
aunque se acaban las ovejas del redil
y no quedan vacas en el establo,
yo exultaré con el Señor,
me gloriaré en Dios, mi salvador.
El Señor soberano es mi fuerza,
él me da piernas de gacela
y me hace caminar por las alturas.
Cántico Ha 3, 2-4.13a. 15-19
Se nos ha dado un patrimonio que no debemos
dilapidar, abiertos, por supuesto, a todo avance humano que fortalezca la dignidad de la
persona y el bien común, que salta por encima de fronteras y civilizaciones. Mostremos la
alegría de vivir con menos (economía), la alegría de ayudar y cuidar especialmente la
vida de los más débiles (vida), y la transmisión de nuestras mejores experiencias y
vivencias a los más jóvenes (educación), con la certeza de que estamos en el camino, la
verdad y la vida del Hijo del Hombre, que el mismo Jesucristo es y ha mostrado a su
Iglesia.
IV. FAMILIA
No quiero terminar sin referirme a la célula
social que, como primigenia fuente de vida, asegura a la Humanidad esa línea continua que
va desde el pasado, pasa por el presente y alcanza el futuro. Nuestra memoria se fragua en
el contexto familiar, el presente se desarrolla en la seguridad de un hogar y el futuro
tiene en la familia su mejor valedor. Sin ella, conformada por la naturaleza humana
varón y mujer los creó... creced y multiplicaos..., nuestra vieja sociedad
europea se agosta y envejece incapaz de reproducirse y reproducir las mejores páginas de
su historia verdaderamente humanista.
Es importante, muy importante, que, en momentos
de confusión y de barullo, abuelos, padres y nietos, todos los miembros de nuestras
familias vivan alegres y seguros de esa relación indisoluble de amor y proyecto de vida
común. Es preciso asegurar a nuestra sociedad que la fidelidad y la indisolubilidad
matrimonial no son una carga insoportable, sino una tarea y una realidad que enriquece la
vida personal, familiar y social a medida que va logrando en el tiempo ser motor de
desarrollo y de convivencia. La rentabilidad también económica de un hogar
hasta se puede medir en términos de ahorro social, pero, sobre todo, en términos de
cómo la familia logra ofrecer las mejores personas al concierto social: les facilita
poder nacer, cuida su crecimiento y desarrollo físico y moral, las hace capaces de
esfuerzo, sacrificio y entrega a una causa común, entrenados en el cálido sostenimiento
de la persona afrontando todas las crisis del mismo crecimiento y transformándolas en
experiencias gozosas de superación.
No debe ser nuestra meta la envidia que provoca
una familia cristiana que amplía el número de sus miembros no sólo en los hijos, sino
en toda persona que puede quedar tocada por la enfermedad, la soledad o la necesidad. Sin
embargo, es hora de ser testigos, de darse a conocer, contrastar resultados, y, por vía
de la experiencia vivida, mostrar con sencillez lo que nuestras familias están logrando
en dicho concierto social. Las adicciones a la droga y el alcohol, e incluso el fracaso
escolar cuando es total, a tan tempranas edades como estamos viendo, no tienen cabida en
la práctica totalidad de nuestras familias. No quiere decir que no notemos las
influencias que se nos cuelan por la cultura dominante y el mimetismo que provocan los
grandes medios de comunicación de masas, pero tienen respuesta inmediata y más fácil
solución que en los hogares mono-parentales, rotos o artificialmente formados por una
relación homosexual.
"Consolad, consolad a mi pueblo..." Os
invito a desterrar el miedo o la desesperanza. En Cristo Jesús se nos ha dado la fe, la
esperanza y el amor para fortalecer las rodillas vacilantes, para vendar los corazones
desgarrados, para ser buena noticia, sal, luz y levadura que levante la masa y pueda
ofrecer el buen pan entregado en Eucaristía, en Acción de Gracias por lo inmerecido de
nuestro esfuerzo. En este sentido, también de la familia cristiana cabe esperar acogida y
apoyo para las personas en conflicto y con conductas desviadas, ofreciendo esperanza para
superar crisis morales que, desde la infancia, adolescencia y juventud, pueden dejar
marcada a la persona para toda la vida; algo que no se soluciona con leyes sino con amor.
Os encomiendo a todos en la oración con Santa
María en la invocación constante al Espíritu Santo. En esta hora os invito a
"mirar el día", a vivir nuestra fe con los ojos puestos en la realidad a la que
se nos ha enviado para ser Buena Noticia de Salvación. Formemos nuestra conciencia
inspirados en la Doctrina Social de la Iglesia, hablemos, abramos debates y reflexiones en
nuestras comunidades cristianas, y, con humildad y sencillez, pero con inteligencia y
ahínco, propongamos las conclusiones que saquemos a las instancias sociales donde
tengamos una posibilidad o una responsabilidad ciudadana.
A veinte años de la exhortación post-sinodal Christifideles
laici, debemos hacer balance de cómo ha respondido la Comunidad Eclesial en la
formación y cuidado de laicos conscientes de su papel en la Iglesia y en la Sociedad.
¿Estamos igual que hace veinte años, cuando el Papa Juan Pablo nos decía esto?:
"Al mismo tiempo, el Sínodo hizo notar que el camino posconciliar de los fieles
laicos no ha estado exento de dificultades y de peligros. En particular, se pueden
recordar dos tentaciones a las que no siempre han sabido sustraerse: La tentación de
reservar un interés tan marcado por los servicios y las tareas eclesiales, de tal modo
que frecuentemente se ha llegado a una práctica dejación de sus responsabilidades
específicas en el mundo profesional, social, económico, cultural y político; y la
tentación de legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre la acogida del
Evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y
terrenas." (ChfL 2)
Sé que lo sacerdotes y el resto de la comunidad
cristiana estáis preocupados por la situación que nos ha tocado vivir. Sé que teméis
que flaqueen vuestras fuerzas. Por eso, os animo a todos, católicos e instituciones de
nuestra Diócesis, a redoblar esfuerzos para contrarrestar los efectos negativos que
puedan seguirse. Es la hora de la solidaridad, la hora del testimonio, la hora de la
confianza en Dios, nuestro Padre, que nos bendecirá abundantemente. Así, fuertes en el
amor de Dios a todos, sin excepción, es la hora de ejercer la maternidad eclesial que
tiene por modelo a la Virgen Madre, a Santa María, nombrada con tantas advocaciones en
nuestra tierra.
Termino, por eso, recogiendo parte de la larga
oración de Christifideles laici, del Papa Juan Pablo II:
"...Virgen valiente,
inspira en nosotros fortaleza de ánimo
y confianza en Dios,
para que sepamos superar
todos los obstáculos que encontremos
en el cumplimiento de nuestra misión.
Enséñanos a tratar las realidades del mundo
con un vivo sentido de responsabilidad cristiana
y en la gozosa esperanza
de la venida del Reino de Dios,
de los nuevos cielos y de la nueva tierra.
...
Virgen Madre,
guíanos y sosténnos para que vivamos siempre
como auténticos hijos e hijas
de la Iglesia de tu Hijo
y podamos contribuir a establecer sobre la tierra
la civilización de la verdad y del amor,
según el deseo de Dios
y para su gloria. Amén.
(ChfL 65)
Antonio Algora Hernando
Obispo de Ciudad Real