La fe, la Iglesia, la dignidad de la
persona, la familia, el trabajo.
CARTA PASTORAL
agosto 2005
Mis queridos diocesanos:
Quiero comunicarme con vosotros,
teniendo detrás la extraordinaria experiencia de la Visita Pastoral, aún no concluida,
en la que me he acercado a muchos de vosotros de manera personal y comunitaria. Y,
constatando vuestra rica religiosidad popular, he comprobado cómo los meses de agosto y
septiembre están cargados de múltiples fiestas en honor de la Virgen María o del Santo
Patrón, cuyos programas de mano detallan la diversidad de actos de diferente naturaleza,
siendo los actos religiosos parte integrante e imprescindible del programa preparado para
esos días. Es habitual que, en ellos, se publiquen palabras de políticos significados,
también de los sacerdotes e incluso del Obispo. Escribiendo uno de esos «saludos», se
me agolpaban en la cabeza y en el corazón sentimientos contradictorios. Y pensaba que
todo esto tan armonioso en el programa de fiestas, choca, sin embargo, con las
declaraciones cruzadas de los políticos, los obispos y los creadores de opinión en los
grandes medios. Con frecuencia, en un clima verdaderamente enrarecido y crispado.
Si parto de este dato, es para poner
de relieve la contradicción profunda en la que nos encontramos en este momento y en este
contexto que nos ha tocado vivir. Es decir, por un lado, lo religioso forma parte de la
entraña cultural y social de nuestro pueblo. Pero, a la misma vez, determinadas
instancias crean una opinión de hostilidad hacia esa realidad, cuando no difunden
extrañas lecturas y versiones del catolicismo. No es normal que una religión
mayoritariamente admitida en nuestro país, como es la Religión Católica, reciba tantos
envites y empujones, o ataques no siempre declarados, como si de algo sospechoso se
tratara; como no es normal que se actúe y legisle ignorando la existencia de los millones
de cristianos que formamos la Iglesia Católica. Aunque hay que reconocer también que los
que nos consideramos católicos no siempre cuidamos y vivimos lo que constituye la esencia
de nuestra fe y el comportamiento que de ella se deriva. Es decir, será necesario admitir
que, en medio de un ambiente poco propicio para la vivencia de nuestra fe, nosotros nos
hemos descuidado un tanto. Son muchos -demasiados- los cristianos que viven poco motivados
y poco comprometidos. Nos hemos dormido en los laureles de la mayoría o de lo de siempre.
Por todo ello, me dirijo a vosotros,
mis diocesanos, para acompañaros en vuestro camino de seguimiento de Jesucristo, para
alimentar vuestra vida cristiana, e invitaros, a la vez, a profundizar en vuestra
condición de cristianos.
Quiero destacar cinco grandes
realidades sobre las que se sustenta el nervio de nuestro ser de católicos: la fe, la
pertenencia a la Iglesia Católica, la dignidad de la persona, la familia y el trabajo.
Un sociólogo imparcial dirá que, en España, estas realidades tienen un peso social de
primera magnitud. Pero repasemos cada una de ellas, recogiendo su consideración desde
fuera y desde dentro de la Iglesia, para tratar de lograr que adquieran en cada uno el
peso que les corresponde.
LA FE
La fe es el encuentro entre Dios que
toma la iniciativa y se nos hace salvadoramente el encontradizo porque nos ama, y el
hombre que, descubriendo y reconociendo esa presencia, la acepta en su vida. Por eso, se
ha dicho que la fe es una adhesión personal del hombre a Dios, porque, al experimentar
que Dios le ama, confía en él. El hombre, agraciado por esa presencia, se ve renovado en
lo más profundo de su ser hasta el punto de advertir cómo crecen en él, desde un
corazón radicalmente nuevo, nuevos criterios, proyectos, actitudes y comportamientos. Es
un acontecimiento único que divide la vida en un antes y un después.
Este encuentro ha tenido lugar por
la acción reveladora de Jesucristo. Su persona, su vida y su mensaje se convierten para
nosotros en la única propuesta de vida que vale la pena aceptar y que da sentido a la
existencia. Ya sucedió así con sus primeros discípulos, sobre todo, tras la experiencia
de la Resurrección. Y ha tenido lugar, a lo largo de los tiempos, en todos aquellos que
lo han seguido porque lo han descubierto vivo y presente en la Iglesia como verdadero Dios
y verdadero hombre.
Efectivamente, la fe es un
acontecimiento personal, que se libra en lo más íntimo de nuestro ser. Ya no vale acudir
al ambiente, ni siquiera el familiar, para demostrar que se es un verdadero cristiano.
Pero, ¿es, por esto, la fe un asunto privado? En este sentido se ha pronunciado algún
miembro significado del actual gobierno de España afirmando que la fe no es más que una
convicción individual que afecta a la vida privada y, como tal, debe ser tratada en el
sistema educativo. El dinamismo de esta concepción privatizadora de la fe puede llevar a
prohibir cualquier manifestación de fe, ya que ésta nunca debería ir más allá de la
experiencia íntima y del sentimiento individual. Y, es más, al no ser compartida nuestra
convicción creyente por otros, aunque éstos sean minoría, debería evitarse todo
aquello que, al no coincidir con sus planteamientos, pudiera molestarles. Llevando a sus
últimas consecuencias esta concepción, con que un solo vecino se queje del ruido de los
cohetes de la procesión, habría que pasar por las calles en silencio, y, si molestamos a
la circulación, nos deberemos quedar en nuestras casas. En este contexto, se puede llegar
a ver como normal que los grandes templos sustituyan las cruces que coronan sus espadañas
y sus torres por los nidos de cigüeña, porque el medio ambiente es más importante que
la fe de los creyentes. Y esto, sin alternativas, y haciendo soportar a las parroquias la
conservación de la naturaleza y la recuperación de especies en peligro de extinción.
No. La fe no es un asunto privado.
Los católicos sabemos por propia experiencia que nuestra fe nos lleva a configurar
nuestra vida de unos modos muy concretos y nos lleva a generar unas relaciones humanas y
sociales que, en sí mismas, son hechos públicos. La dimensión pública de la fe no nace
de un afán proselitista sin más, sino que forma parte de su misma esencia y de la
necesidad de expresar convicciones y sentimientos que llevan en la entraña las grandes
palabras de Jesucristo predicando el Reino de los cielos como Reino de paz y justicia,
reino de vida y verdad, reino de amor, de gratuidad y de perfección, que lleva a la
santidad de vida.
Por eso, el cristiano no pide nada
que esté fuera de lugar o que pueda tildarse de privilegio cuando reclama ser reconocido
como creyente y las condiciones suficientes para poder vivir como tal. Primero, porque es
un derecho que le asiste. Y, además, porque -y esta es una convicción fácilmente
demostrable- su vivir cristiano es sumamente humanizador, ya que el misterio del hombre
sólo se esclarece en Jesucristo. Nadie puede decir con verdad que la religión católica
es inútil, porque siempre se ha declarado a favor del ser humano. Una mirada panorámica
a la historia de estos últimos veinte siglos y comienzo del XXI, pone ante los ojos
limpios de cualquier espectador la multitud incontable de obras sociales creadas y
dirigidas por cristianos. Debemos convencernos de que Cristo no quita nada al hombre sino
que le da todo para que alcance su plena madurez. El cristiano, con su coherencia de vida,
no disminuye para nada la autonomía de lo temporal (del Estado, de sus instituciones), ni
niega o se opone a los derechos de nadie, antes al contrario, contribuye a la
transformación de la sociedad fomentando actitudes de diálogo y respeto, de solidaridad
y caridad, de paz y justicia, de promoción y desarrollo
LA IGLESIA
La Iglesia, esa realidad que está
consignada en nuestra Constitución por la especial relevancia actual y secular, ¿debe
ser tratada exactamente igual que «las 1.479 entidades obedientes a distintas confesiones
o religiones» -dato facilitado por el Ministro de Justicia en una conferencia de
universidad de verano? La pertenencia a la Iglesia Católica afecta a una inmensa mayoría
de españoles. Y es para nosotros, los católicos, de total importancia a la hora de los
grandes acontecimientos personales y familiares de la vida. Sociológicamente se puede
analizar cómo es la institución social que transmite valores y conocimientos que
refuerzan aspectos fundamentales de la civilización occidental en el plano de la cultura,
de las relaciones humanas, de la organización social, de la estabilidad personal y
familiar, de las relaciones laborales...
«Con la Iglesia hemos dado,
Sancho». Es la expresión que Cervantes, en el Quijote, utiliza para expresar que ese
gran edificio de El Toboso no es el palacio de Dulcinea. Es la frase que tan
malévolamente se ha interpretado, pero que, en sí misma, indica la presencia física de
los templos en nuestros pueblos. Son los edificios más llamativos e importantes por su
fisonomía, y que destacan sobremanera en las llanuras de La Mancha.
Algunos pueden ignorar que, después
del Concilio Vaticano II, celebrado entre 1962 y 1965, la Iglesia emprendió un camino sin
retorno de una renovación que va realizándose con desigual fortuna, pero con paso firme
en el modo de vivir la presencia de Jesucristo Resucitado, el Hombre Nuevo que es, en sí
mismo, un Evangelio (palabra que quiere decir «Buena Noticia») para todo hombre, varón
o mujer, que lo experimenta cada día como fuente de toda plenitud humana y divina. Esta y
no otra es la naturaleza y la finalidad de la Iglesia de Jesús: Hacer presente el
acontecimiento central de nuestra historia, la Muerte y Resurrección de Jesús para la
salvación del mundo y esto es posible por la fuerza del Espíritu. Sin el Espíritu y sin
la Iglesia, Jesucristo hubiera quedado perdido en el tiempo. Ahora, gracias a ellos,
podemos encontrarnos con el Salvador. Nos incorporamos a la Iglesia mediante el Bautismo.
Y, en este sacramento, nos unimos a la muerte y resurrección de Jesucristo. Participamos
así de su misma vida y pasamos a ser miembros de la gran familia de los bautizados.
Por eso, la pertenencia a la Iglesia
afecta a toda la persona. Digo «persona» que no individuo para significar el mundo de
relaciones que hacen de la persona el «hombre-católico», varón o mujer, universal
(católico quiere decir universal), inserto en el tiempo y el espacio como parte de ese
todo que es la Humanidad. Pertenecer a la Iglesia implica conocerla cada día más
penetrando en su misterio, amarla como carne nuestra porque somos fruto de su maternidad y
comprometernos en y con ella para que siga realizando, entre los hombres y en el mundo, su
sacramentalidad salvadora.
Con esta explicación, quiero romper
el viejo prejuicio de que la pertenencia a la Iglesia es algo que puede inscribirse en el
partidismo político o social. La gran estima que me merece la dimensión política de la
persona y de la sociedad no tiene que oponerse a la dimensión religiosa; y menos
encasillarla en las relaciones del «buen gobierno» de la sociedad en sus distintas
instancias.
La pertenencia a la Iglesia es tan
consustancial al católico que, si se trata de destruirla, atacarla o mermar su dignidad o
consideración, todos los católicos (da igual que se sea obispo, sacerdote, religioso o
seglar) nos sentimos tocados en lo más profundo de nuestro ser. Nuestra generación ha
crecido mucho en esta cuestión. Y no es fácil que nos pueda dividir o enfrentar a los
hijos de la Iglesia si alguien pretendiera meterse por este vericueto. Aunque sí nos
preguntamos, ¿por qué se nos quiere excluir a los católicos? ¿Por qué se nos
discrimina con relación a otras confesiones, a las que se respeta y defiende y ayuda,
mientras se fustiga y ataca a los católicos, casi como a un enemigo al que hay que
destruir o, al menos, desprestigiar?
La Iglesia es el ámbito natural
para nacer, crecer, madurar en eso que llamamos fe... y para transmitirla. Creer es
concreer. No hay otro lugar fuera de la Iglesia donde podamos escuchar con más garantías
la Palabra de Dios. No hay otro ambiente fuera de la Iglesia en que podamos celebrar, con
la fuerza del sacramento, la presencia del Señor. No hay otro seno fuera de la Iglesia en
que podamos experimentar con mayor claridad la fuerza de la comunión fraternal. No hay
otro impulso fuera del de la Iglesia con que podamos testimoniar con más convicción y
eficacia la presencia de la Salvación.
También en este punto, hemos de
reconocer cuánto nos falta a los propios católicos de conocimiento, amor y vivencia de
Iglesia. Todavía se percibe en muchos indiferencia y pasividad, y, en algunos, desapego y
hasta agresividad. La experiencia de fe es personal y comunitaria. Cada uno de nosotros es
tocado por el Dios salvador, pero esto acontece en el seno de la comunidad de creyentes.
Es imprescindible el ámbito eclesial para la realidad de la fe, pues, sin él, carecería
de estructura y de consistencia, y no tendría claridad ni sentido. Sin él, quedaría sin
alimento y estaría privada de la experiencia imprescindible de otros testigos. Sin él,
la fe estaría falta del control de calidad que ofrecen sus pastores.
Y vuelvo a preguntarme: ¿Somos
conscientes de esta importancia y tratamos de vivirlo con interés? Hoy nos asedia la
tentación de creer sin pertenencias. Muchos aseguran creer en Dios, en Jesucristo, pero
no en la Iglesia. ¡Cuántos creyentes se acercan sólo ocasionalmente a la Iglesia!
¡Cuántos reducen su vinculación a la Iglesia a momentos cargados sólo de
significación social! ¡Qué pocos son los comprometidos, con los que se puede contar!
¡Qué pocos aman a la Iglesia! Tendrían que aumentar los que se saben y se sienten
Iglesia, los que asumen comprometidos la parte que les corresponde en su vida y en su
actuar, los que trabajan por hacerla más creíble a los ojos de todos a través de un
estilo de vida decididamente coherente con la fe, los que se fían y confían en ella
porque saben que Dios la guía. La fe cristiana no puede ser vivida por libre ni está a
disposición de que cada uno escoja lo que de ella le conviene. La Iglesia a la que
pertenecemos no es una institución más en el concierto de las instituciones humanas,
sino que nace del mismo Dios, de la Santísima Trinidad y tiene a la Santísima Trinidad
por meta. La necesidad de valorar y de agradecer la pertenencia a ella radica en que es el
Cuerpo de Cristo y en ella habita el Espíritu para santificarla y conducirla a la verdad
plena. Por tanto, para que nuestra fe sea auténtica, debe situarse en el contexto de la
gran experiencia cristiana que nos transmite y asegura la Iglesia, principalmente a
través de la Palabra de Dios y de la participación en los sacramentos, especialmente en
la Eucaristía.
LA DIGNIDAD DE LA PERSONA
La dignidad de la persona construida
a partir de la fe en Jesucristo y ofrecida a todos según el modelo o estilo de vivir que
Él nos enseñó y nos mostró, es la tercera de las grandes realidades que han de marcar
a todo católico para serlo de verdad.
Es cierto que, en especial, la vieja
Europa, pese a quien pese, está marcada por esta concepción de la persona como valor en
sí mismo, sea cual sea su clase y condición, sexo o raza, edad o estado social, familia,
barrio o municipio en el que viva.
Este valor universal de la dignidad
de la persona tan peculiarmente forjado en la historia de nuestra Europa quiere ofrecerse
hoy en distintas versiones. Algunas tan lejanas del origen que hasta niegan su origen
mismo. No podemos cerrar los ojos a esta realidad y menos escandalizarnos de que haya
gentes próximas que quieran crecer en otras direcciones marcando las diferencias. Tampoco
los vamos a ver como enemigos, ni tan siquiera como adversarios, por más que así se nos
muestren repetidamente.
La defensa de la dignidad de la
persona, concretada en los derechos humanos, a la que aluden continuamente los documentos
de los Papas, son una muestra de ese esfuerzo permanente para que la fe católica haga al
católico ciudadano ejemplar en la búsqueda del bien común. El empeño de los católicos
por dejarse haciendas y personas en el servicio a los más desfavorecidos tiene detrás
esta confianza radical en el ser humano, desde que emprendiera la andadura humana el Hijo
de Dios: Jesucristo, el Hijo del Hombre, como él se llamó a sí mismo. La dignidad de la
persona sólo se completará cuando toda la Humanidad, en todos sus miembros, haya
desterrado toda discriminación o menosprecio hacia cualquiera de los más débiles y
desfavorecidos.
En la raíz de este comportamiento,
se halla la convicción de que, en todo hombre -varón o mujer-, encontramos presente a
Dios. No hay criatura sin creador y sin referencia y unión con él. Por eso, para el
creyente cristiano, toda persona es sagrada. Tanto, que merece nuestra consideración,
respeto y servicio. El católico, que tiene a Jesucristo como Maestro y Señor, no tiene
conciencia de ser menos hombre -varón o mujer-, menos libre y menos responsable de sus
actos que sus conciudadanos. Quien sigue a Jesucristo sabe que el prójimo no sólo es el
semejante o el que comparte la misma humanidad, sino el sacramento de la presencia del
mismo Jesús. Para el seguidor de Jesús la defensa de la dignidad de la persona se
convierte en requisito imprescindible en su fidelidad a Él. Amar al prójimo es algo más
que el mero respeto a la diferencia o que la simple tolerancia; significa considerarlo
como otro yo y estar dispuesto a luchar para que disponga de los medios necesarios para
llevar una vida acorde con lo que Dios pensó e inició en la creación.
Ciertamente, tenemos la verdad,
bondad y belleza como valores trascendentales que van más allá de todo modo de
ejecución o realización espacio-temporal, y no son susceptibles de cambio a lo largo de
las generaciones o de la geografía, sea cual sea la cultura o el país. Si bien, los
acentos, las expresiones y las distintas formas parciales de vivirlos son inherentes a la
propia limitación humana, y hasta pudieran parecer concretarse en modelos opuestos de
personas.
El católico ha de saber en todo
momento que, aun en las formas que le pudieran parecer más aberrantes de ser persona, hay
verdad, bondad y belleza y que, como en el arpa dormida de nuestro poeta, hay mucho sonido
encerrado lleno de armonía y densidad verdaderamente humanas.
Nos adelantamos a pedir perdón con
toda la honestidad si, en alguna ocasión, alguno de nosotros intentara forzar hoy las
conciencias, las libertades o los derechos. Con la misma fuerza, tratamos de ser tan
consecuentes como cualquiera con sus principios. Y estamos dispuestos al diálogo y al
entendimiento para que nadie sufra y menos los más débiles que, por cualquier
circunstancia, puedan estar en inferioridad de condiciones para afrontar la vida social.
Pero una cosa es clara: Nadie
debería arrebatarnos a los cristianos la bandera de la solidaridad, de la fraternidad,
del servicio, del amor, de la entrega a los demás. Es nuestro distintivo más
característico y más definitivo. Desde el Otro, los otros son, para nosotros, sagrados.
LA FAMILIA
¿Por qué es tan importante la
familia para los cristianos? No es mala norma de vida aceptar como bueno lo universalmente
admitido en todas las culturas y civilizaciones, lejos de todo juego de mayorías más o
menos fabricadas por los poderosos de este mundo. La familia, basada en la firme relación
de un hombre y una mujer que, desde el amor mutuo, construyen un futuro común, que se
prolonga en los hijos, así engendrados, ciertamente, es ese valor universal. ¿Bastaría
comprender esto así?
Para los católicos, la alianza de
bodas también va más allá de lo que pueda ser realizado con la sola libertad.
Jesucristo pone el amor esponsal entre un varón y una mujer como modelo del amor y la
entrega de su propia persona a la Humanidad. Y, cuando digo modelo, la palabra se me queda
corta, pues, para el católico, es un sacramento, es decir, una realidad que encierra en
sí misma algo que, asumiendo toda dimensión humana, le da un carácter infinitamente
más denso y profundo, ya que, desde las primeras páginas del Génesis, en la Biblia se
percibe el hondo significado solamente comprensible desde la Humanidad entera realizada
«como una sola carne». El mito del viejo Robinson necesita a la mujer para poder ser
futuro. El hombre y la mujer han sido creados para amarse mutuamente. El Matrimonio lleva
en sí mismo la legitimidad de la vida humana proyectada por el Amor, que hace a la mujer
madre y al varón padre, siendo una sola carne que se prolonga en los hijos, a los que se
les da la vida y la educación.
¿Tendremos los católicos que vivir
con unas leyes que no respetan esta realidad tan nuestra y tan universal? ¡Unas leyes que
atentan gravemente contra la imagen del ser humano -hombre y mujer! ¡Unas leyes que
amenazan gravemente la estabilidad y consistencia de la institución familiar! De momento,
sí, pero como huesos descoyuntados dentro del cuerpo social, que no encuentran su acomodo
en las leyes dictadas injustamente, pues, para meter en la misma ley a una minoría muy
digna de respeto, se hieren nuestros más profundos sentimientos y convicciones.
Y con un convencimiento: hoy, que
empiezan a aumentar las familias en que falta la experiencia creyente y empieza a ser
escasa o nula la referencia a la fe, hoy es tiempo propicio, una ocasión de gracia, para
que la familia cristiana se haga misionera y sea capaz de comunicar, contagiando, el
sentido de vida y los valores que comparten todos sus miembros. Corresponde a los
matrimonios cristianos y a sus hijos convertirse en testigos de que, en el hogar familiar,
cada uno de sus miembros alcanza, a su ritmo, la madurez exigida a su edad y la ofrece
alegre y gustosamente a otros que dudan de su validez y eficacia.
Hago un llamamiento a los padres
cristianos a que no dimitan de la hermosa, aunque difícil tarea, de transmitir la fe en
el hogar, conscientes de que está en juego la Iglesia doméstica, base de la Iglesia
universal. Les animo a que el hogar sea escuela de oración, a que no abandonen el
diálogo con los hijos por muchas que sean las preocupaciones y ocupaciones, a que se
mantengan firmes en la transmisión de aquellos valores que educan y ayudan a crecer
humana y cristianamente como son la dimensión transcendente de la vida, la austeridad de
costumbres, la responsabilidad en los compromisos adquiridos dentro y fuera del hogar, la
participación en el bien común, el amor a los pobres y el descanso y el ocio
compartidos. Soy consciente de cuántas son las dificultades por las que pasa la familia
cristiana; unas, provenientes de la propia convivencia matrimonial y familiar, y otras, de
la mentalidad imperante. Pero la certeza de la fe me lleva a recordaros que la fuerza de
Dios robustece la debilidad humana, y su poder vence los planes de aquellos que se
confabulan contra los planes originarios de Dios.
EL TRABAJO
La quinta realidad a la que me
quiero referir es el trabajo. Los católicos hemos vivido todo el siglo pasado
acompañando a nuestros conciudadanos en la aventura que iniciaba de recorrer el tortuoso
camino de la lucha por la justicia, tanto en Europa como en el mundo desarrollado. Muchos
de nosotros no hemos sido todo lo sensibles que cabría esperar a las diversas formas de
explotación y de opresión que las clases trabajadoras han sufrido y siguen sufriendo.
Pero, dicho esto, vayamos a la práctica de lo que los católicos tenemos como norte y
guía en el Hijo del Carpintero.
Nuestra práctica más común ha
sido y es vivir honradamente del propio esfuerzo y trabajo, para llevar a casa un sueldo
digno, que nos permitiera contemplar el futuro con seguridad y esperanza. El robo, la
ociosidad permanente, el vivir a costa de los demás no sólo ha sido penalizado por las
leyes, sino por la propia conciencia y dignidad.
Ahora nos toca vivir en un mundo
donde el trabajo ya no tiene esa dimensión verdaderamente humana de ser fuente de
estabilidad y de realización personal. Queda lejos la vieja reivindicación del Papa
León XIII para que el trabajo asegurara el futuro del trabajador y su familia, en una
vida humanamente digna.
Los católicos ponemos el trabajo y
la persona del trabajador, sea varón o mujer, por encima de toda consideración. Y todas
las leyes económicas y sociales han de estar dirigidas a asegurar un modo digno y ausente
de zozobras permanentes que impidan planificar el futuro de la pareja y de los hijos.
La alocada rueda de la producción y
el consumo que gira vertiginosamente creando constantemente nuevas necesidades que han de
ser satisfechas por una mayoría de consumidores, está impidiendo al trabajador serlo en
cuanto que persona, y persona que es capaz de construir su futuro y el de su familia, en
una organización que, tantas veces, excluye totalmente a la persona del trabajador del
sistema social. O lo haría si no fuera por los «beneficios» en sanidad y subsidios que
esta sociedad opulenta genera.
Los católicos no podemos estar de
acuerdo con unas leyes que dan carta de naturaleza a la exclusión y el paro con los
contratos perpetuamente temporales y en precario.
CONCLUSIÓN
Con estas pinceladas y trazos, sin
mucho matiz, sobre unas realidades que describen «lo católico» y a los católicos, no
quiero sino llamar la atención a vosotros, mis diocesanos, y a toda persona de buena
voluntad.
No ha sido bueno en la historia, ni
puede ser bueno para el momento presente, que se ignoren agresivamente las formas de ser
de unas gentes cuyo único delito es aportar al bien común lo mejor de sí mismos. Por
supuesto, con nuestras incoherencias y sin ser completamente consecuentes con nuestras
convicciones como quisiéramos, o, lo que es más importante para nosotros, «como Dios
quiere» para sus hijos.
No estamos de acuerdo con que se nos
empuje a los católicos hacia posiciones que han de ser ocupadas en la vida política por
otras razones que las religiosas... Aunque, si tanto se discriminan estas realidades tan
importantes para nosotros, no escandalizará a nadie que algunos estén tentados de volver
a los viejos demonios de las dos Españas que hielan el corazón. El problema más grave
ha sido y será que, desatada la fiera, a nadie consuela después reconocer o discutir
quién comenzó o quién fue el culpable. El mal, cuando se hace, venga de donde venga,
cuesta erradicarlo y, a lo que parece y a pesar de los esfuerzos realizados, es posible
que, después de dos generaciones, todavía queden raíces.
No debemos bajar la guardia en la
lucha por la justicia y por la paz. A los católicos nos toca, por nuestra propia manera
de ser gestada en la fe en Jesucristo, ser gentes de reconciliación y de paz, que no
cesan de ofrecer a todos las propias convicciones y las propias maneras de ser y de vivir.
Los pacíficos y pacificadores son bienaventurados en el Evangelio, porque saben sufrir
con paciencia y no cambian su discurso desde la conveniencia o la debilidad. Flaco
servicio haríamos a nuestros conciudadanos si disimuláramos nuestras posiciones en estas
realidades tan definitivas para la configuración de la persona.
Sí, hemos de estar permanentemente
dispuestos a ofrecer a todos lo que somos. El católico lleva dentro de sí la fuerza del
amor gratuito a su prójimo, que lo configura como testigo de una realidad que lo
sobrepasa. Sí, debemos defender la pluralidad de las posiciones políticas entre nosotros
los católicos y en nuestra sociedad. Huyamos como del diablo, en circunstancias
democráticas normales, de todo posicionamiento político uniforme, por más que nos
quieran empujar en esta dirección desde dentro y desde fuera de la Iglesia. Sí,
apliquemos la consigna evangélica de Jesucristo: «por los frutos los conoceréis», para
discernir y tener criterio a la hora de valorar a los distintos gobernantes no por el
grupo político, cultural o social al que pertenecen, sino por sus realizaciones,
proyectos legislativos y consecución del bien común.
Por último, permitidme expresar un
deseo ante la Virgen, Nuestra Señora, en este año, 150 aniversario de la proclamación
del Dogma de la Inmaculada: Que vivamos gozosos el testimonio de la pila bautismal que nos
vio nacer a la fe y a la vida de las hijos de Dios. Que el hecho de entrar en la Iglesia,
ermita o santuario de nuestro pueblo o de nuestro barrio, comprometa nuestro sentido de
pertenencia a la Iglesia Madre. Que el testimonio de Santa María, la Virgen, y de los
Santos nos anime a vivir la dignidad de personas que ellos alcanzaron en el seguimiento de
Jesucristo. Que el interés por hacer de nuestras casas pequeñas Iglesias domésticas,
donde se cuiden los valores del Evangelio, nos ayuden a hacer del matrimonio una verdadera
escuela de fe y de humanidad. Que la realización de nuestro trabajo con espíritu
cristiano nos ayude a descubrir su sentido creador y redentor, y nos oriente hacia la
solidaridad y el servicio generoso a los demás.
Con mi
bendición,
Vuestro
Obispo + Antonio