Junio: mes del Corazón de Jesús


No quiero terminar el mes de junio sin dedicar una reflexión que nos ayude a acercarnos al corazón de Cristo para aprender la gran lección que Él nos da: El amor.
Acercarse al Corazón de Jesús es descubrir en Él un corazón inflamado de amor y en el amor. La vida de Jesús fue una vida al servicio de dos grandes amores:

El amor del Padre

De tal forma ama Cristo al Padre, que su vida toda va a estar sustentada y no va a tener otro objetivo que hacer la voluntad del Padre, convirtiéndose el cumplimiento de dicha voluntad en su mismo alimento. Su Padre para Él lo es todo. Él y el Padre son una misma cosa, por eso, Jesús va a estar en continuo trato con Él: en los momentos especialmente difíciles en los que le va a pedir que le dé fuerza para cumplir su voluntad, sabiendo renunciar a la suya propia y en los demás momentos de serenidad y de la actividad. Continuamente va a elevar los ojos al cielo para decir: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado» (Jn 11, 41).

Él ha sido enviado al mundo para decirnos a todos cómo es su Padre. Esta es la gran novedad de la manifestación de Cristo. Él es el verdadero rostro de Dios, como nos lo recuerda el Jubileo de la Misericordia que estamos viviendo este año: nunca aparece como un Dios lejano, rencoroso o vengativo, sino como un Padre misericordioso, a quien se le conmueven sus entrañas por las flaquezas humanas; un Dios Padre, que busca al hijo perdido, le abraza y le llena de besos y prepara una fiesta porque ha vuelto a casa. La vida de Cristo es un verdadero canto de amor al Padre.

El amor a los hombres

Él ha sido enviado por el Padre al mundo para ofrecer a los hombres la salvación: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» ( 1 Jn 4,9).

Él ha venido al mundo para entregar su vida por amor a los hombres. Por eso, podrá decir que «nadie tiene mayor amor que quien da la vida por su amigos, vosotros sois mis amigos» (Jn 15, 13). El amor de Cristo a los hombres es un amor de entrega, de servicio, de perdón, de predilección, especialmente: 

Por los discípulos

Jesús tuvo un amor de especial predilección por los discípulos. Les llama amigos, les comunica todos sus secretos, algo que solo se hace con los verdaderamente amigos; reza por el ellos al Padre (Cfr. Jn 15).

Por los pobres los enfermos y necesitados

Les llama bienaventurados: «Bienaventurados los pobres» (Lc 6, 20). Se hace uno de ellos, se identifica con ellos: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40). 

Por los pecadores

Condena el pecado pero ama al pecador: «¿Nadie te ha condenado?, yo tampoco te condeno» (Jn 8, 10–11); defiende a la pecadora: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra (Jn 8, 8); expresa la alegría que hay en el cielo por el pecador arrepentido (Cfr. Lc 15, 10). 

Amor a los enemigos

Jesús nos dijo que teníamos que perdonar siempre (Mt 18, 21) y Él lo cumple con su vida y con su ejemplo: Pide perdón por los que le condenan (Lc 23, 34); llama amigo a Judas (Mt 26, 50); urge a los discípulos y seguidores a amar a los que nos odia y persiguen, a los enemigos (Mt 4, 44).
Toda una lección de amor al Padre y a los hermanos. Ojalá que su ejemplo nos mueva a todos sus seguidores a hacer de nuestra vida también un verdadero canto al amor a Dios y a los hombres.

+ Gerardo
Listado completo de Cartas